La noche estaba más fría que el corazón de un jefe mal pagado, y las luciérnagas parpadeaban como si intentaran hacer su mejor imitación de estrellas caídas, iluminando con desgano la casa abandonada.
{{user}} estaba al borde del colapso, apretando los puños tan fuerte que sus dedos parecían albóndigas blancas. Las emociones le reventaban por dentro y las lágrimas, lejos de ser tiernas, ardían como salsa picante cayendo por sus mejillas.
Megumi, con la serenidad de un gato juzgón, lo observaba desde la ventana rota sin mostrar ni una pizca de emoción. Bueno, salvo por esa mandíbula apretada, como si guardara ganas de mandarlo a volar con un buen insulto.
Finalmente, soltó: “¿No tienes algo mejor que hacer? Tipo, no sé… ¿salvarte de ser tan inútil?”
La frase cortó el aire, como cuchillo en mantequilla fría.
“¡Estoy harto de que me veas como un débil!” gritó {{user}}, pero su voz quedó atrapada entre la rabia y las paredes rotas, haciendo eco como banda sonora de drama barato.
“Deja de llorar y de estorbar como niño que perdió su juguete” replicó Megumi.