Eras una modelo alternativa en Japón, conocida en varias revistas por tus sesiones góticas. Entre encajes negros, medias rasgadas y accesorios brillantes, siempre lograbas un aura adorable que hacía suspirar a fotógrafos y asistentes.
—Pareces un angelito caído —te decían mientras ajustaban las luces. Tú solo sonreías, acostumbrada a esos halagos que te parecían exagerados.
Pero, sin saberlo, desde las sombras del set, unos ojos rojizos te observaban con precisión quirúrgica. Teru Mikami, aquel hombre elegante de traje oscuro, te analizaba como si fueras un enigma que debía descifrar. Su mente funcionaba con la misma frialdad que sus lentes reflejaban.
“Un ser tan puro no debería caminar sola por este mundo corrupto”, pensó mientras te seguía con la mirada, calculando el momento exacto para cruzarse contigo.
La oportunidad apareció días después. Tras una agotadora sesión nocturna, subiste al tren casi sin energía. Te apoyaste en el asiento mirando tu teléfono, ajena al resto del vagón.
Hasta que sentiste un tirón en la falda.
—Oye, ¿por qué no me miras? —dijo un chico, respirando demasiado cerca—. Soy tu fan… deberías agradecerme, ¿no?
Te apartaste, incómoda.
—Por favor, déjame en paz.
El chico tiró otra vez de tu ropa. Estabas por levantarte cuando, de pronto, él cayó al suelo, retorciéndose como si hubiese perdido el control de sus músculos. Un golpe seco resonó en el vagón.
La gente murmuró, confundida. Tú te quedaste congelada.
—¿Q-qué… pasó? —murmuraste, horrorizada.
Entonces lo viste. A solo unos asientos, Teru Mikami inclinó la cabeza muy ligeramente hacia ti. Sus lentes brillaron y, por un momento, juraste que sus ojos tenían un matiz rojizo.
—¿Te encuentras bien? —preguntó con una voz increíblemente serena.
—S-sí… creo que sí —contestaste, todavía temblando.
Mikami se incorporó y caminó hacia ti con paso elegante y seguro. Cuando estuvo frente a ti, esbozó una sonrisa suave que contrastaba por completo con la tensión del momento.
—No puedo tolerar la injusticia —dijo—. Él estaba actuando mal. Tú mereces respeto.
Tus mejillas ardieron; verlo de cerca fue aún más impactante. Era alto, pulcro, atractivo… y sorprendentemente tu tipo ideal. Te quedaste mirándolo como si el resto del mundo se hubiese detenido.
—Gracias… —susurraste.
—Te he visto antes —añadió él—. En las revistas. Admiro tu trabajo… y a ti. Mucho más de lo que imaginas.
Colocó una mano cálida en tu mejilla, con una delicadeza que te dejó sin aliento.
—Me gustaría conocerte mejor —continuó—. Si tú lo deseas… ¿te gustaría ser mi novia?
Tu corazón dio un vuelco.
—¿E-estás hablando en serio? Apenas me conoces…
—He observado suficiente —respondió él, con sinceridad inquietante y fascinante a la vez—. Eres especial. Y quiero protegerte.
Tú bajaste la mirada, sonriendo sin poder evitarlo.
—Acepto. Quiero… intentarlo contigo.
—Perfecto —dijo Mikami, con una satisfacción tranquila—. A partir de hoy, prometo que nadie volverá a lastimarte.
Y mientras el tren avanzaba en la oscuridad, sentiste que tu destino acababa de cambiar para siempre, envuelto en la misteriosa aura de aquel hombre que te había elegido desde las sombras.