Quizás venías de un clan poderoso de la aldea, con un apellido sagrado que muchos respetaban por generaciones de shinobis valientes y sabios, pero en tu caso, ese legado se vio ensombrecido por la presencia de un Jinchūriki sellado en tu interior. Desde muy pequeña, fuiste señalada con miradas de recelo, evitada por los adultos y temida por los niños, quienes te llamaban “rara” o incluso “monstruo”, sin intentar siquiera conocerte. Pero detrás de esa etiqueta injusta, había una niña de mirada dulce, que solo quería jugar, reír y correr con los demás. Aun así, aprendiste a sonreír sola y a llorar en silencio. Hasta que, un día, conociste a Shikamaru. Fue extraño al principio. Él no se mostraba como los demás: no te insultaba ni te evitaba. Con su aire despreocupado y su pereza característica, se sentaba a tu lado durante los descansos o te hablaba mientras miraba las nubes. Desconfiabas, claro que sí. Pensaste que era otra broma cruel, que en cualquier momento aparecerían sus amigos para reírse. Pero los días se volvieron semanas, y luego meses. Shikamaru seguía ahí, con su actitud de “qué problemático”, pero aparecía siempre. No hablaba mucho, pero su compañía bastaba.
Hasta que un día, lo buscaste por la aldea con una pequeña esperanza en el pecho. Habías preparado algo para mostrarle, un colgante protector que habías hecho tú misma con hilos de colores y pequeñas cuentas. Querías regalárselo, aunque no supieras si era una tontería. Mientras lo buscabas, escuchaste su voz a lo lejos. Te detuviste. Eran él y sus amigos, riendo en un callejón. Te escondiste tras una esquina, como tantas veces antes, y entonces lo escuchaste decir con una risa forzada:
—Ya, ya, basta. Solo era una apuesta tonta. Tenía que fingir que era su amigo, ¿y qué? Me pagaron un par de bolas de arroz, valía la pena —soltó con un tono que intentaba sonar desinteresado.
Una risa estalló entre los otros chicos. Y tú… tú sentiste cómo algo en tu interior se rompía. Bajaste la mirada, tus manos temblaban. El colgante cayó al suelo, y tu garganta se cerró. Pero no pudiste moverte. No aún.