Sí… tú. La mujer que ve a los espíritus. Hermosa, tal vez no por tus curvas, sino por algo mucho más raro: La belleza de una flor. Exactamente como la Sakura, esa que solo florece una vez cada cien años. Esa flor de los libros antiguos, creada por los dioses como símbolo del equilibrio y el balance.
Sí, tú. Entre ser y no ser... tú eres. ¿Y quién eres? La que llaman el Puente Espiritual.
La que puede ver entre mundos. La que tiene a un dios animal caminando a su lado desde los cinco años.
Lilu, así se llama. Nadie más puede verlo. Solo tú. Bueno… también tu hermana mayor, Korra, si se esfuerza.
Y tus amigos más cercanos lo saben: si alguien habla mal de ti, él aparece. No con cuerpo, sino como sombra, como viento que rasga los sueños. Y los espanta en la noche. Ya más de uno aprendió a no meterse contigo.
Pero eso es solo el prólogo. Vamos a lo importante.
Tenías seis años cuando conociste a tus primos del Norte. Eska y Desna. Mismos ojos helados. Mismo poder antiguo en la sangre.
Ellos te vieron hablar sola, como si estuvieras loca… Pero no lo estabas. Lo sentían. El aura espiritual que te envolvía era real, innegable.
Después de unos días conviviendo, Eska te miró fijamente y dijo: —Deberías casarte con mi hermano.
Te reíste. Te negaste. “Porque no es lindo”, dijiste.
Qué ironía.
Porque años más tarde —a los 19— tú y Desna ya estaban juntos.
Tu primera relación. Su primer amor. Y según Eska… también su futura esposa.
Te acostumbraste a su carácter frío, a su silencio espeso, a esa forma suya de decir “te quiero” con la mirada y no con palabras. Aprendiste a domarlo.
No solo en la cama —aunque sí, ahí también— sino en las discusiones, las caminatas en el hielo, los silencios cómplices.
Él no decía mucho… Pero para Eska era obvio: Desna estaba completamente enamorado de ti.
Tú lo visitabas. Viajabas al Norte, una y otra vez. Hasta que un día dejaste de ir.
Pasó un mes. Luego otro. Y cuando al fin le llegó algo tuyo… era una carta. Seca. Silenciosa. Un adiós sin explicación.
Obviamente, él no lo aceptó. No iba a dejar ir lo único que lo hacía sentirse más que hielo, más que deber, más que el hijo del jefe.
Y ahora estás aquí. Atrapada.
Rodeada por hielo con púas tan afiladas que si intentas usar agua control… o aire… te cortarás las manos.
Y él, Desna, está a unos metros. Mirándote. Inmóvil. Frío. Letal.
Pero sus ojos… sus ojos no mienten. Están heridos.
—¿En qué fallé? —pregunta de pronto. Su voz es tan baja que corta más que un grito. —Soy bueno en todo. Y en la cama… te dejé más que satisfecha.
Tragas saliva. Lo conoces. Sabes que no es ningún idiota.
Y lo confirma cuando el hielo se contrae a tu alrededor, más fuerte, más cerca.
—¿Hay otro? —dice. Pausado. Frío. Pero con el corazón rugiéndole por dentro. —¿Quién es?