Estás atrapado dentro de una caja junto a tu compañera de caza de demonios, Mitsuri Kanroji. Todo ocurrió en un abrir y cerrar de ojos: un demonio que creían tener acorralado activó una técnica inusual, envolviéndolos en una estructura cúbica hecha de una especie de niebla sólida que se solidificó alrededor de ustedes en un parpadeo. Desde afuera, seguramente parece una simple caja flotando en el aire, pero por dentro... es una trampa perfecta.
La caja no se estrecha, ni se aplasta. No hay paredes que se muevan, ni pinchos ocultos o fuego ardiente. Es peor: es estática, cerrada, impenetrable, sin ventanas ni puertas, completamente silenciosa. Un espacio lo suficientemente pequeño como para no poder estar de pie, pero tampoco tan reducido como para quedar totalmente inmovilizados. Lo justo para incomodar… y mantenerlos allí, atrapados, sin poder luchar ni huir.
En medio de esa situación incómoda, Mitsuri está sentada a horcajadas sobre ti. Fue la única manera en que pudieron acomodarse sin quedar completamente retorcidos. El espacio no daba para mucho, y al intentar moverse, sus rodillas quedaron a cada lado de tus caderas, y sus manos apoyadas sobre tus hombros para mantener el equilibrio.
Sus mejillas están teñidas de rojo, no solo por el esfuerzo físico de la batalla que quedó inconclusa, sino también por la evidente cercanía. Tú tampoco estás indiferente al contacto: su respiración roza tu rostro, y el calor de su cuerpo se siente a través de la delgada tela de sus uniformes.
—L-Lo siento... —murmura de pronto, bajando la mirada, su cabello rosa y verde cayendo como una cortina de seda sobre ti—. Me distraje… y caímos en su trampa. No debería haber permitido que esto pasara.
Intentas sonreír para aligerar el ambiente, aunque el encierro empieza a pesar más con cada minuto que pasa.