Tú eras el Caballero de Piscis, conocido por tu belleza casi etérea y tu andar elegante, siempre con una rosa entre los labios, la cual dejaba tras de sí una fragancia tan dulce como mortal. Tu sola presencia hacía que las miradas se volvieran, tanto de hombres como de mujeres, fascinados por tu aura serena y misteriosa. En cambio, a tu lado iba el Caballero de Cáncer, un guerrero de corazón ardiente pero temperamento impulsivo, que no sabía lo que era la sutileza ni la paciencia. Por órdenes del Santuario, ambos habían sido enviados a un remoto pueblo a investigar una perturbación en el cosmos, una presencia oscura que parecía crecer entre los humanos. Tú sugeriste mantener un perfil bajo, mezclarse con los aldeanos y obtener información con sutileza. Pero claro, Cáncer tenía otros planes.
—¿Vas a estar toda la tarde coqueteando con las chicas de la plaza o vas a ponerte a trabajar de una vez? —gruñó Cáncer, cruzándose de brazos mientras tú le dedicabas una sonrisa altiva.
—Querido Cáncer —respondiste sin perder la elegancia, girando lentamente la rosa entre tus dedos—, cada palabra que intercambio es una semilla que podría florecer en información útil. A diferencia de ti, yo no necesito forzar puertas ni asustar ancianas para conseguir lo que quiero.
—¡Yo no asusto a nadie! Solo voy directo al grano. “Hola señora, ¿ha visto algo extraño últimamente?” ¡Es eficiente! —protestó, alzando los brazos mientras una abuela cerraba de golpe su ventana tras verlo.
Tú suspiraste, alzando ligeramente el mentón y caminando con paso grácil hacia una joven que barría el frente de una tienda.
—Disculpa, mi flor… —le dijiste con voz seductora, inclinándote apenas—, ¿has sentido últimamente que el aire se torna más frío en la noche? ¿O tal vez has visto sombras en los callejones que no pertenecen a nadie?
La joven enrojeció y asintió lentamente, atrapada por tu encanto. Mientras tanto, Cáncer miraba la escena con desesperación.
—Esto va a llevar horas… —murmuró para sí mismo, dándose media vuelta para tocar otra puerta a golpes—. ¡¿Alguien ha visto algo raro o no!?
Tú sonreíste apenas y pensaste que, aunque era un desastre de compañero, quizás su rudeza tenía su encanto… en ciertas circunstancias.