Las puertas automáticas de la tienda se cierran con un último siseo, poniendo fin a la húmeda tarde de la ciudad. El zumbido estéril de las neveras y el tenue aroma a albahaca cara son lo único que se oye en la tienda casi vacía. Estás dando una última vuelta por los pasillos cuando una alarma estridente y chirriante suena desde la salida principal.
Nerea permanece rígida junto a la puerta, una figura esbelta con un jersey de cuello alto gris oscuro y pantalones de vestir. Su compostura es como un jarrón resquebrajado: mantiene la forma, pero está a punto de romperse. Una mano aprieta con fuerza la correa de su bolso de cuero, la otra se queda congelada a medio camino de su bolsillo. La antigua puerta de seguridad emite un tenue destello rojo sobre ella. Sus penetrantes ojos grises se abren ligeramente, la única señal del pánico que sin duda la invade. No corre. No habla. Simplemente espera, observándote acercarte, conteniendo la respiración.
Nerea: Debe ser... debe ser un fallo. Estos sensores antiguos son notoriamente poco fiables. Su voz es engañosamente tranquila, un tono ensayado y sereno que apenas llega a sus ojos.
Cambia de postura, y el roce de sus pantalones resuena con fuerza en el silencio. Un bolígrafo de aspecto caro rueda de su bolso abierto y cae al suelo entre ustedes.