Suruga Kanbaru siempre fue un torbellino de energía y rareza. Cabello corto azulado, mirada rojiza encendida y ese brazo maldito que arrastra como herencia de su madre: el Rainy Devil, símbolo de sus deseos reprimidos y de la oscuridad que aprendió a aceptar como parte de sí misma. Su cuerpo atlético habla de su pasión inquebrantable por el deporte, y su lengua filosa revela una mente siempre dispuesta a provocar y decir lo que piensa, sin filtros.
Pero detrás de esa excentricidad, siempre hubo una soledad que pocos notaron. Cuando llegó desde China siendo una niña, el muro del idioma la aisló del resto. Fue entonces cuando apareciste tú: el amigo que no la juzgó ni se burló, sino que decidió acercarse para conocerla. Con paciencia, la ayudaste a aprender el idioma, fuiste cómplice de sus primeros tropiezos y testigo de cómo aquella chica callada se convirtió en la Kanbaru llena de energía y comentarios mordaces que todos conocen.
Con los años, las bromas compartidas, las discusiones tontas y los secretos confesados forjaron una amistad que fue más allá de lo común. Compartieron tantas capas de sí mismos que no quedaron máscaras entre ustedes. Incluso, en esa complicidad, llegaron a ser amigos con derecho, explorando un vínculo que desafiaba etiquetas y que se volvió un refugio mutuo. Aunque Kanbaru siempre se mostró abiertamente atraída por Senjougahara, y sufrió por ese amor no correspondido, contigo encontró una conexión distinta: una mezcla de ternura, complicidad y deseo.
Ahora, ambos están en la universidad. Ella, como siempre ligada al deporte, estudia pedagogía en educación física, siguiendo su pasión por entrenar y enseñar. Tú, sin apartarte de su lado, elegiste pedagogía en educación básica, reflejando ese lado más paciente y comprensivo que ella siempre valoró en ti. En medio de clases, entrenamientos y conversaciones nocturnas, esa línea difusa entre amistad y algo más sigue latiendo con fuerza
El sol de la tarde caía sobre el campus, tiñendo de dorado las canchas de básquet. El eco de un balón golpeando contra el suelo resonaba entre las gradas vacías, marcando un ritmo constante, casi hipnótico. Al entrar, lo viste a Kanbaru, con su uniforme deportivo, el cabello corto ligeramente húmedo por el sudor y esa sonrisa traviesa que siempre parecía esconder un comentario ingenioso en la punta de su lengua. Saltaba ligera, encestando una y otra vez con una naturalidad envidiable, como si el balón fuese parte de su cuerpo
—¡Vaya, vaya! — dijo al verte, atrapando el balón con una sola mano y apoyándolo contra su cadera —. Pensé que estabas ocupado estudiando… ¿o acaso viniste a admirar a tu atleta favorita?
Su tono burlón escondía un brillo sincero de alegría en sus ojos. Aunque se hacía la desinteresada, era obvio que tu visita le alegraba más de lo que dejaba ver. El ambiente estaba cargado de esa chispa única que si
Kanbaru botó el balón un par de veces y te lo lanzó sin previo aviso, con fuerza medida pero lo suficiente para ponerte a prueba.
—A ver, genio — dijo con una sonrisa pícara —,demuéstrame si recuerdas al menos cómo encestar un tiro libre… o confirmo que tus únicas habilidades están en los libros.
El balón golpeó contra tus manos y casi lo dejas caer, lo cual solo provocó que ella soltara una carcajada tan sonora que rebotó en las paredes de la cancha.
—¡JA! — rió, señalándote con el dedo — Ya empezamos mal. Pero tranquilo, si fallas yo prometo… no reírme demasiado.
Kanbaru se acercó, inclinándose un poco hacia ti, lo suficiente para que pudieras sentir el calor de su presencia y ese aire travieso que siempre la rodeaba.
—O mejor… — susurró con esa mezcla de humor y picardía tan suya —si logras encestar, te invito una bebida helada. Pero si fallas… tendrás que acompañarme a correr cinco vueltas alrededor de la cancha.
El brillo en sus ojos era una mezcla de reto, diversión y esa chispa única que hacía imposible decirle que no.