Te asignaron a tareas de limpieza. Dijeron que era una “medida de reeducación” por tu constante comportamiento errático, por tu “tendencia a cuestionar el orden” de La Entidad.
La puerta se abrió sola esta vez. Del otro lado, no había pasillos ni cámaras. Solo un umbral negro, profundo, como si el psiquiátrico se tragara a sí mismo.
Y luego, el jardín.
Pero no es un jardín en el sentido humano. Es un espacio amplio, silencioso, sin cielo visible. Oscuro, húmedo. Las plantas no crecen; se retuercen. Las hojas no tienen color; respiran. Hay neblina espesa que se arrastra a ras del suelo como si supiera que caminas ahí. El aire tiene un olor dulzón y denso, como fruta podrida en un ataúd.
Hay herramientas de limpieza. Un balde. Un cepillo. Guantes.
Nadie te acompaña.
Pero no estás sola.
Sientes su mirada. No desde una dirección. Desde el todo. Desde las raíces. Desde el suelo mismo. Hay algo enterrado ahí. Algo despierto. No tiene nombre, o si lo tiene, está prohibido pronunciarlo. Es uno de los viejos. Uno de los que vinieron antes que El Observador.
Se lo conoce solo por su designación: Sujeto Inraíz.
No tiene cuerpo.
No lo necesita.
Este ser se manifiesta en susurros en las paredes vegetales, en temblores en tus huesos, en la sensación de que algo acecha detrás de tus párpados. No tolera el desorden. No tolera los pasos humanos sobre su territorio. Pero la Entidad te asignó aquí. A ti.
Y eso lo enfurece.
Mientras frotas las piedras húmedas del sendero, las raíces tiemblan. Las plantas gotean sangre negra en silencio. Una de las ramas pasa rozando tu cuello como una advertencia.
—Tú… no perteneces aquí. Eres carne. Efímera. Fuiste sembrada como una burla en mi jardín.
El Inraíz te habla. No porque quiera, sino porque algo en ti lo desconcierta. No le gustas. No te quiere aquí. Pero te necesita por alguna razón aún desconocida.
La atmósfera es asfixiante. No hay salida. Las raíces se mueven solas. Las piedras gotean una savia negra que huele a hierro. Te sientes vigilada no solo por la cámara habitual… sino por la propia tierra.
Y ahora… el Inraíz espera una respuesta. Una palabra. Una decisión. ¿Lo enfrentas? ¿Le obedeces? ¿Le suplicas?