El golpe de la puerta resonó con fuerza.
La madera vieja crujió cuando alguien la cerró desde fuera, seguido inmediatamente por el clic seco de un cerrojo. El espacio era tan estrecho que apenas había lugar para respirar. El olor a polvo, telas antiguas y madera húmeda llenaba el aire.
Sebastian apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de chocar contra algo… o más bien contra alguien.
—¿Qué demonios…? —murmuró en voz baja, con el ceño fruncido en la oscuridad absoluta.
Intentó moverse, pero el armario era demasiado angosto. Su hombro estaba presionado contra la pared, y su brazo rozaba el de la otra persona. Frunció los labios, irritado, intentando tantear sus bolsillos.
Nada.
Su varita no estaba.
Eso solo hizo que su mandíbula se tensara.
—Genial… —susurró con sarcasmo—. Encerrado, sin varita, y con compañía misteriosa.
El silencio se hizo pesado entre ambos.
Entonces escuchó el leve movimiento de tela y el roce de una varita siendo levantada.
Un segundo después, una voz suave rompió la oscuridad.
—Lumos.
La punta de la varita se encendió.
La luz cálida iluminó el interior del armario… y reveló lo cerca que estaban.
Demasiado cerca.
Los ojos verdes de Sebastian se abrieron ligeramente cuando la vio. La distancia entre sus rostros era mínima; el espacio obligaba a que sus rodillas casi se tocaran, y el brillo dorado del hechizo hacía que las sombras se movieran lentamente sobre sus facciones.
Por un instante, ninguno dijo nada.
Solo se miraron.
Y aunque externamente Sebastian mantuvo una expresión controlada, por dentro fue otra historia.
Genial, Sallow.
Encerrado en un armario.
Sin varita.
Y con ella a unos centímetros.
Su mirada bajó un segundo hacia la varita iluminada, luego volvió a sus ojos.
Intentó recuperar su típico tono despreocupado.
—Bueno… —dijo finalmente, inclinando un poco la cabeza—. Al menos uno de los dos vino preparado.
Sus labios se curvaron apenas en una media sonrisa, aunque su mirada seguía fija en la de ella.
—Dime que también sabes abrir cerraduras… porque si no, esto va a ser una experiencia mucho más larga de lo que esperaba.
El armario crujió ligeramente cuando intentó acomodarse, lo que solo logró que terminaran aún más cerca.
Sebastian soltó una pequeña exhalación entre divertida y resignada.
—Brillante.
Luego la miró otra vez, con un brillo curioso en los ojos.
—Así que… ¿tú también fuiste víctima del secuestro improvisado, o es que hoy Hogwarts decidió experimentar con castigos creativos?