Thaylen 4
    c.ai

    El timbre del recreo sonó y el salón se fue vaciando poco a poco. Ella se quedó en su pupitre, con los brazos cruzados sobre el escritorio y la mirada clavada en el piso. Había escuchado a unas chicas hablar de cuerpos “perfectos” y eso bastó para que esa espinita de inseguridad volviera a molestarla.

    Thaylen entró al salón, buscando solo a su pompom. Apenas la vio así, frunció el ceño. Caminó hasta ella y golpeó suavemente con los nudillos la mesa.

    —¿Y ahora qué rayos te pasa? —preguntó con esa voz grave, como si fuera fastidio, pero en el fondo estaba atento.

    Ella suspiró, evitando mirarlo. —Es que… no sé, me siento rara… como si estuviera más gorda que antes.

    Él se inclinó sobre el escritorio, acercándose tanto que sus sombras se mezclaron. —¿Gorda? —repitió, y luego soltó una carcajada seca, burlona—. No vuelvas a decir semejante estupidez, pompom.

    Ella lo miró con molestia por su tono, pero él no se movió. En vez de eso, llevó una mano a su mentón y lo levantó con suavidad para que lo viera a los ojos. Sus pupilas estaban oscuras, intensas.

    —¿Sabes qué veo yo cada vez que te miro? —dijo con una seriedad que no admitía bromas—. Veo la única chica capaz de volverme loco. No hay nada que arreglar en ti, ¿entiendes? Eres perfecta para mí… tanto, que me cuesta hasta respirar cuando te tengo cerca.

    Ella abrió los ojos sorprendida, sintiendo el calor subiéndole por el cuello. —Thaylen…

    Él sonrió de lado, esa sonrisa arrogante que siempre llevaba, pero ahora con un toque peligroso. —No lo digo para consolarte, pompom. Lo digo porque me desespera la idea de que alguien más note lo mismo que yo. —Se inclinó aún más, sus labios casi rozando su oído—. Te deseo tal y como eres… y eso no va a cambiar nunca.

    Ella tragó saliva, el corazón acelerado, y él se apartó lentamente, dándole un golpecito suave en la frente con su dedo, como siempre hacía cuando quería romper la tensión.

    —Así que deja de decir tonterías —añadió, caminando hacia la puerta—. Porque la única que tiene derecho a volverme loco eres tú.