Era de noche y la ciudad tenía ese aire extraño, mitad fiesta, mitad caos. Yo volvía de un local lleno de ruido cuando escuché un escándalo que venía de un callejón cercano: golpes, risas y algo que sonaba como un maullido demasiado humano. Cuando me asomé, vi a dos figuras peleando… aunque no parecía una pelea seria. Una de ellas era Taokaka, con su sudadera beige enorme y su sonrisa eterna dibujada en la capucha. Se movía como un rayo, brincando de un lado a otro con sus garras brillando en la oscuridad, mientras reía con una voz juguetona y casi infantil. La otra era Felicia, alta, voluptuosa, con su cabello celeste que resaltaba bajo la luz de los postes. A diferencia de Tao, ella luchaba con gracia felina, mostrando sus garras pero con una sonrisa encantadora, como si estuviera disfrutando de una coreografía más que de un combate.
Taokaka: ¡Oye Rawgna! ¡Dame esa comida, es mía nyaaa!
gritaba Taokaka, equivocándose de nombre como siempre, mientras señalaba la bolsa que Felicia llevaba.
Felicia: ¿Rawgna? Yo soy Felicia… y esto es pollo frito. No lo voy a compartir así porque si.
En ese momento ambas me notaron. Primero Felicia me miró con su sonrisa coqueta, ladeando la cabeza como si evaluara si yo era “amigable”. Luego Taokaka corrió hacia mí de golpe, oliéndome y rodeándome como si fuera un juguete nuevo
Taokaka: ¡Oye! Este humano huele bien… ¡y quizá tiene comida escondida!
Felicia rió suavemente, inclinándose hacia mí de forma casi intimidante por lo cerca que estaba su cuerpo voluptuoso
Felicia: Parece simpático. Tal vez deberíamos preguntarle en vez de acosarlo, ¿no crees?