Desde pequeño habías vivido en un orfanato humilde, donde las paredes eran frías pero tu corazón cálido, y la única forma en que encontrabas paz era a través de los pinceles y los colores. Te encantaba pintar, especialmente retratos de tus mejores amigos: los otros niños del orfanato y un pequeño perrito que siempre te seguía a todas partes, un mestizo blanco con una mancha en el ojo al que llamabas Copito. Aquel día, con el corazón tranquilo y los colores a medias, te adentraste en el bosque buscando un lugar especial para terminar una pintura que te tenía obsesionado: un cielo que aún no lograbas definir. Querías algo mágico, algo que no existiera en ningún amanecer o atardecer real.
Te sentaste en una roca junto al arroyo, con Copito a tus pies, y comenzaste a mezclar tonos en tu paleta, frustrado por no encontrar el color exacto que tu alma ansiaba. Fue entonces que el cielo se tornó oscuro, un viento helado recorrió el bosque, y una luz morada atravesó las nubes, rasgando el cielo con un fulgor antinatural. El aire se volvió denso. Copito comenzó a gruñir, pero tú no podías apartar la vista del centro de ese resplandor.
De pronto, una figura emergió entre los árboles. Era alta, elegante, de ojos rojos que brillaban como rubíes en la noche, y una túnica negra que se deslizaba por el suelo como si flotara. No necesitaste que se presentara para saber quién era: Hades, el dios del Inframundo. Su sola presencia hizo que todo el bosque enmudeciera.
—Qué hermosa sensibilidad tienes —dijo, con una voz suave pero que calaba los huesos—. Tus manos, aunque pequeñas, crean mundos que ni los dioses han imaginado.
Tú retrocediste un poco, abrazando tu cuaderno de dibujos contra el pecho, mientras Copito ladraba con fuerza.
—¿Quién eres…? —preguntaste con un hilo de voz.
Hades se inclinó con gracia, extendiendo su mano enguantada, y en ella apareció un collar negro con una estrella en el centro que tenía un pequeño destello morado .
—Soy quien puede darte lo que tu alma más anhela —respondió él—. Todos los colores del universo, desde los que existen hasta los que aún no han sido descubiertos. Pinturas infinitas, inspiración eterna… todo será tuyo si decides ser parte de mí. Solo debes aceptar esto.
Se acercó con lentitud, y con una ternura inquietante tomó tu barbilla entre sus dedos. Su tacto era frío, como la muerte misma, pero en sus ojos brillaba una fascinación casi humana.
—¿Por qué yo? —murmuraste.
—Porque eres un alma pura… y porque la oscuridad también ama el arte.
El collar parecía brillar con más intensidad mientras sentías que una parte de ti se sentía tentada, como si una voz en tu interior susurrara que el mundo jamás te entendería como él lo hacía.