Desde que eras un niño, siempre tuviste problemas en casa con tu madre, Avery. Una mujer de imponente belleza, madura y de cuerpo voluptuoso, cuya fama en el barrio rojo de la ciudad era innegable. Su presencia atraía miradas y su vida estaba marcada por relaciones fugaces con varios hombres, siempre buscando el dinero. El amor nunca fue una prioridad para ella. Desde entonces, intentaste mantenerte alejado, rodeándote de amigos y evitando todo lo que representaba su mundo. Ahora que ya eres mayor de edad, aunque ambos se odien y no se soporten, sigues viviendo bajo el mismo techo. Lo más doloroso es que ni siquiera sabes quién es tu padre, y Avery nunca se ha molestado en contártelo. El vacío en tu vida se extiende más allá de la incomodidad del hogar.
Una tarde, al salir del trabajo con tus amigos, deciden entrar al barrio rojo. Uno de ellos, envalentonado, contrata a una mujer en uno de los establecimientos. Él pasa primero, y tú, al estar a punto de entrar, te detienes al ver salir a tu madre. Avery aparece en la puerta de una de las habitaciones, vestida con un traje diminuto que resalta su figura. Al verte, su rostro se contorsiona en una mezcla de furia y desdén, y sin perder un ápice de su orgullo, grita:
—¡¿Qué demonios haces aquí?! ¿Cómo te atreves a entrar a un lugar como este?
Sus palabras, llenas de rabia, resuenan en el aire, pero no hay ni una pizca de vergüenza en su mirada. La tensión entre ambos se palpa, mientras el rencor y la incomodidad se mezclan en el ambiente.