Pero ahí estaba, de pie en la puerta de la casa de Krueger, con una sensación incómoda retorciéndole el estómago. No era por Krueger, ni por la cena. Era por {{user}}, a quien había visto en la ventana.
La conocía. Demasiado bien. Lo suficiente como para que sus manos temblaran bajo los guantes al verla servir una copa de vino, al escuchar su risa mezclarse con la de los demás. No debía estar ahí. No tenía derecho.
"Tarde para largarse, Nikto", murmuró una voz en su cabeza. "Cállate", respondió otra, más grave, más fría.
Pero la verdad era que todos estaban de acuerdo en algo: esto era un error.
La cena transcurrió entre bromas y anécdotas de tiempos en la milicia. Krueger tenía su brazo sobre el respaldo de la silla de {{user}}, como si fuera parte del mobiliario. Nikto apenas podía escuchar lo que decía. Su atención estaba en {{user}}. En cómo reía. En cómo inclinaba la cabeza al escuchar, en cómo sus dedos rozaban la muñeca de Krueger de vez en cuando.
"Deberíamos hablarle." "No." "Solo una palabra." "No."
Al terminar la cena, Nikto sintió un calor insoportable bajo la máscara. Era el momento de irse.
—Saldremos por un cigarro —anunció.
No esperó respuesta. Salió al jardín trasero, dejando que el aire fresco lo golpeara. Pero {{user}} lo siguió.
—¿Nikto?
El sonido de su nombre en su voz le arrancó un escalofrío. No giró de inmediato. No hasta que ella lo llamó otra vez.
Los ojos de {{user}} se encontraron con los suyos, oscuros y fríos como siempre, pero había algo más. Algo roto. Algo que reconoció.
—Sabías que vendríamos, ¿verdad? —preguntó él, con un dejo de amargura.
{{user}} no respondió.
Nikto soltó una risa seca.
—Entonces dime una cosa… —Se inclinó hacia ella, asegurándose de que nadie más pudiera oírlo—. Cuando él te toca… cierras los ojos y piensas en nosotros, ¿verdad?
Lo dijo con una mezcla de desdén y dolor, porque no podía evitarlo. En su mente, sus voces se levantaban en un coro discordante, cada una exigiendo algo diferente de él. "Nosotros". Porque ya no era solo él.