La luz blanca nunca se apagaba.
No había noche. No había tiempo.
Solo silencio.
Así era como él la había creado.
No como una hija. No como una persona. Sino como un arma perfecta.
El mundo la conocía por un solo título:
La hija de All For One.
El experimento definitivo. La mente diseñada para someter al mundo desde las sombras.
{{user}} permanecía inmóvil sobre la cama metálica, los ojos fijos en el techo como si buscara algo que no existía. La pulsera negra rodeando su muñeca emitía un leve zumbido constante, reprimiendo el poder que vivía dentro de su mente — el poder que su padre había cultivado, moldeado, perfeccionado.
El mismo poder por el que los héroes la habían capturado.
No por justicia.
Por miedo.
El mundo exterior era ruido.
Las emociones humanas eran ruido.
Las voces eran ruido.
Desde su nacimiento le enseñaron que los sentimientos eran debilidad. Que las personas eran herramientas. Que el control era lo único real.
Por eso no hablaba.
Por eso no sentía.
O eso creía.
La puerta se abrió con un sonido mecánico.
Un grupo de estudiantes entró con pasos cautelosos. Curiosidad. Miedo. Desconfianza. Sus pensamientos chocaban contra su mente incluso con el quirk bloqueado — fragmentos confusos, emociones caóticas, temor disfrazado de valentía.
Todos la veían como un monstruo.
Como el legado viviente del mayor villano del mundo.
Entonces lo sintió.
Silencio.
Una mente tranquila.
Fría como nieve.
Sus ojos se movieron por primera vez en días.
Cabello mitad blanco, mitad rojo.
Shoto Todoroki.
Lo miró fijamente.
No había miedo en él. No odio. No rechazo.
Solo calma.
Y dentro de su pecho, algo desconocido se quebró.
Una sensación cálida.
Dolorosa.
Humana.
No entendía qué era.
Pero por primera vez… quiso entender.