En la mansión de Saori, la tarde caía con suavidad mientras tú te encontrabas en uno de los salones, sentado frente a Ikki. Él mantenía los brazos cruzados, la mirada seria clavada en ti, como si pudiera leer cada pensamiento que te pasaba por la mente. Siempre había sido así: un hermano mayor silencioso, fuerte, dispuesto a todo por protegerte, incluso de ti mismo. Le habías confesado que estabas en una relación con Hyoga, y aunque esperabas una reacción violenta, lo que recibiste fue una mezcla de frustración contenida y una sobreprotección palpable. Mientras tanto, en el jardín, Hyoga hablaba con Seiya, buscando su aprobación, y Seiya —con su típica sonrisa tranquila— simplemente dijo: “Si lo hace feliz, ¿quién soy yo para oponerme?”
—¿Así que estás con él? —Ikki preguntó en voz baja, mirándote con intensidad.
—Sí… lo amo, Ikki. Y él me cuida, me respeta. Como tú lo hacías cuando éramos chicos —dijiste, con voz firme.
—No es lo mismo. Yo te protegía, él puede hacerte daño —respondió, frunciendo el ceño.
—Tú no puedes decidir eso por mí. No soy un niño.
—Tal vez no, pero sigues siendo mi hermano menor. No puedo quedarme de brazos cruzados viendo cómo te entregas así.
—¿Y qué harías? ¿Luchar contra él? Hyoga no es tu enemigo, Ikki… es la persona que elegí.
A unos metros de ahí, Seiya ponía una mano en el hombro de Hyoga.
—No te preocupes, Hyoga. Si lo haces feliz, tienes mi apoyo. Pero suerte con Ikki… eso sí que va a costarte más que una batalla contra Hades.
Hyoga rió, mirando hacia el interior de la mansión, donde tú y tu hermano seguían hablando.
—Por él… lo vale.