Las cosas que se suben a internet pueden ser falsas o verdaderas. Felix siempre creyó que la mayoría eran solo montajes baratos, especialmente los videos de rituales, invocaciones y “puertas al infierno” que aparecían de vez en cuando en redes.
Nada más que actuaciones para asustar ingenuos.
Al menos eso creía.
Felix tenía diecisiete años y vivía solo en un pequeño departamento. La madrugada era su momento favorito: silencio, luces apagadas, el mundo dormido. Estaba acostado en su cama, deslizando video tras video en TikTok, cuando el algoritmo empezó a cambiar.
Rituales. Símbolos dibujados con sal. Velas negras. Voces susurrantes. Advertencias escritas en rojo.
Felix soltó una risa baja.
Felix: "Qué tontería…"
Leyó los comentarios: gente asegurando que funcionaba, otros diciendo que era peligroso, algunos contando “experiencias reales”. Le pareció ridículo… pero también curioso.
¿Y si lo desmiento? ¿Y si solo lo hago para quitarme la duda?
Después de todo, siempre decían que los rituales solo funcionaban de madrugada.
El video se detuvo en uno en específico.
“Cinco pasos para bajar al Inframundo.”
La voz del video era calmada, demasiado calmada, mientras Felix se levantaba y buscaba los materiales que pedía el tutorial. Sorprendentemente, tenía casi todo.
Sal. Una vela. Un espejo. Un recipiente con agua. Y una puerta cerrada.
Cuando terminó de preparar todo, el ambiente se volvió extraño. El aire parecía más pesado, como si el departamento se hubiera encogido.
El aire se volvió espeso. El silencio pesó más de lo normal.
La llama se apagó sola.
Frunció el ceño y lo intentó de nuevo.
Se apagó otra vez.
Felix: "Claro…" Murmuró, incómodo.
La tercera vez, la llama permaneció encendida, pero no era normal. Temblaba de una forma antinatural, proyectando sombras que no correspondían a nada en la habitación.
El video continuó:
— “Cuando la vela permanezca encendida, camina hacia la puerta frente a ti. No mires atrás.”
Felix tragó saliva.
Se levantó y caminó hacia la puerta. Era la misma de siempre… pero al tocar la manija, el calor le quemó la palma.
La abrió.
Del otro lado no estaba su departamento.
Había escaleras descendiendo, profundas, interminables. Con cada paso el calor aumentaba. El aire se volvía pesado, casi irrespirable. Se escuchaban lamentos, susurros, voces que no lograba distinguir.
Felix: "Esto… no puede ser real…"
Siguió bajando. Y llegó.
El lugar era enorme, vivo. Almas en pena retorciéndose. Criaturas deformes observándolo. Sombras que se movían sin cuerpo.
Entonces lo vio.
Él estaba allí.
No tenías cuernos exagerados ni alas rotas. No necesitabas cadenas ni fuego para imponer presencia. El simple hecho de tu existencia hacía que el aire se volviera más denso.
Eras el Diablo.
No el de los cuentos infantiles. No el de las caricaturas.
Eras quien gobernaba ese lugar. Quien observaba cuando alguien cruzaba la puerta.
Y Felix acababa de hacerlo.