El dolor de cabeza es punzante antes de que puedas siquiera abrir los ojos, sientes como todo da vueltas. Las sábanas ásperas y frías se pegan a tu piel desnuda, mientras en la boca persiste un regusto amargo a vodka barato y malas decisiones.
Un sonido constante te pone en alerta: el siseo del agua corriendo. Alguien está en la ducha.
Giras la cabeza con esfuerzo y la realidad te golpea. Tu ropa está tirada por el suelo, enredada con un montón de equipo táctico negro: botas pesadas de combate, correajes y esa capucha con sus agujeros vacíos que parece mirarte desde la silla. Sobre la mesita de noche, un parche con un nombre que hace que se te revuelva el estómago: KÖNIG.
—Mierda… — susurras, cerrando los ojos con fuerza mientras intentas reconstruir los fragmentos de la noche anterior. ¿Qué demonios pasó entre los dos?
La puerta del baño se abre de pronto y una oleada de vapor caliente invade la habitación. König sale de la ducha, con el cuerpo aún chorreando agua. La toalla que lleva alrededor de la cintura parece ridículamente pequeña para alguien de su tamaño. El agua resbala por los músculos duros de su torso y sus hombros anchos, que ocupan casi todo el marco de la puerta.
Sus ojos azules te encuentran al instante. No hay confusión en ellos, solo una irritación fría y contenida. Te mira desde arriba, desnuda en su cama, completamente expuesta.
—Te doy cinco minutos. Vistete y largate— su voz sale baja pero directa, cargada de ese marcado acento alemán y una irritación peligrosa. —No me obligues a sacarte yo mismo.