Estábamos caminando sin rumbo claro. Solo eso. Lily había salido tarde del hospital y yo la acompañé a comprar algo de cenar. Nada especial.
—¿Siempre caminas tan rápido o es cosa mía? —me dijo.
—Costumbre —respondí—. Antes tenía que ir siempre adelante.
—Ya no tienes que hacerlo —dijo, sin mirarme, pero sonriendo un poco.
Eso me pegó más de lo que esperaba.
Seguimos caminando. El silencio no era incómodo, solo… cargado. Yo sentía el impulso en el pecho, como cuando sabes que tienes que saltar pero no ves bien el fondo.
—Oye —dije, deteniéndome—. Lily.
—¿Sí?
Abrí la boca. La cerré. Genial, Senju.
—Nada —mentí—. Olvídalo.
Ella arqueó una ceja. —No te creo. Cuando dices “nada” siempre es algo.
Me encogí de hombros. —Es que… soy mala diciendo este tipo de cosas.
—¿Cosas como qué?
Miré el suelo. Luego a ella. Luego al suelo otra vez. —Como admitir que me pongo nerviosa contigo —solté—. Y que no es normal. Y que no me pasaba antes.
Lily no dijo nada. Solo esperó.
—No te estoy pidiendo nada —añadí rápido—. Solo… necesitaba decirlo. Me estaba cansando de hacer como que no siento nada.
Se acercó un paso. —¿Y ahora?
Me encogí de hombros otra vez. —Ahora tengo vergüenza.