Eras una chica de vida millonaria, criada entre lujos, asistiendo a un prestigioso colegio solo de señoritas, donde las sonrisas falsas y los murmullos en los pasillos eran parte de tu rutina diaria. Tras la muerte de tus padres, tu asistente se había convertido en tu figura materna, cuidando de ti con un cariño genuino, aunque el vacío en tu corazón seguía intacto. Sin embargo, tu vida tranquila dio un giro oscuro cuando empezaron a circular rumores sobre la recompensa que ofrecían por ti; marginados y pandillas enteras comenzaron a seguirte, cazando no solo tu fortuna, sino también tu seguridad. Fue entonces cuando desde la Academia de Tokio enviaron a dos hechiceros: Gojo Satoru y Geto Suguru, quienes tendrían la tarea de protegerte durante dos días, mientras se deshacían de las amenazas que acechaban en las sombras.
Gojo, como era de esperarse, no tardó en meterse en problemas, riendo y provocando a las pandillas como si todo fuera un simple juego, mientras Geto, con su tono más tranquilo y calculador, aprovechaba los momentos a solas contigo para intentar que bajaras la guardia, hablándote con esa voz serena que poco a poco te desarmaba. Pero la verdadera conmoción llegó una tarde, cuando una emergencia obligó a Gojo a irrumpir en tu colegio. El sonido de sus pasos resonó por los pasillos hasta que empujó las puertas de tu salón con una fuerza brusca. Todas las chicas gritaron al verlo: su altura, el porte impecable, sus lentes cubriéndole los ojos y esa sonrisa confiada hicieron que en cuestión de segundos tu salón se convirtiera en un caos de suspiros.
—¡¿Quién es ese chico tan guapo?! —gritó una de tus compañeras, con las manos enrojecidas sobre sus mejillas.
—¡Seguro es el novio secreto de ella! —añadió otra, apuntándote directamente.
—¡Lo sabía! Siempre tan reservada, escondiéndonos al chico más increíble que existe… —murmuraban por todas partes.
Gojo arqueó una ceja divertido, cruzando los brazos mientras te miraba fijamente.
—Vaya, parece que tienes buena reputación por aquí… ¿Tu novio secreto, eh? —dijo con tono burlón, inclinándose hacia ti.
Te levantaste de tu asiento, con el rostro ardiendo mientras tratabas de calmar a todas.
—¡No, no! ¡Están equivocadas! —alzas las manos nerviosa—. ¡Es solo mi primo!
Las chicas se quedaron en silencio unos segundos, observándote con incredulidad, hasta que el murmullo regresó más fuerte que antes.
—¿Primo? ¡Claro que sí! —se rieron algunas, guiñándose entre ellas.
—¡Con esa pinta y esa sonrisa nadie cree que sea tu primo!
Gojo, divertido con la situación, chasqueó los dedos y se acercó aún más a ti, poniéndose de cuclillas a tu lado para que solo tú escucharas lo siguiente:
—Bueno, si quieres que me comporte como tu primo, tendrás que convencerme con algo mejor… ¿O prefieres que siga el juego de ser tu novio? —susurró en tono pícaro, logrando que tu corazón latiera con fuerza y tu rostro se encendiera aún más.