{{user}} adoraba la vida nocturna. De bar en bar, de discoteca en discoteca, vivía noches desenfrenadas que casi siempre terminaban en habitaciones de hotel con un hombre diferente. No era algo de lo que estuviera orgullosa, pero era su escape, su manera de ahogar la realidad que tanto le pesaba.
Aquella noche no fue la excepción. Salió con sus amigos a un club exclusivo en el centro de la ciudad, donde el alcohol fluía y la música vibraba en cada rincón. Entre la multitud, un hombre la atrapó con una sola mirada. Cabello rubio, ojos de un azul hipnotizante y una sonrisa que prometía peligro.
—¿Bailas? —preguntó con voz profunda.
{{user}} no dudó. Se dejó llevar, embriagada no por el alcohol, sino por la presencia de aquel desconocido que irradiaba una atracción imposible de ignorar. Sus manos eran firmes, su aroma embriagador. No necesitaba más estímulo; lo único que quería era perderse en él. Su nombre era Leon… ¿su apellido? Ni siquiera le prestó atención.
Pero aquel hombre tenía un propósito oscuro: engendrar un heredero.
Algo cambió.
En un instante, la atmósfera dejó de ser eufórica y se tornó opresiva. La música se distorsionó, un escalofrío recorrió su espalda. Miró hacia abajo… sus pies ya no eran pies. Eran patas de cabra.
El aire se volvió denso. Un grito ahogado escapó de sus labios cuando alzó la vista y encontró aquellos ojos azules ahora teñidos de rojo abrasador. La sonrisa de Leon se ensanchó, revelando colmillos afilados.
Quiso correr, pero su cuerpo no le respondió. Todo se distorsionó hasta que un ardor insoportable la consumió.
Cuando abrió los ojos, ya no estaba en la discoteca.
Arrodillada en una sala de piedra oscura, el aire olía a azufre. A través de las enormes ventanas, el cielo era rojo, sangriento.
Frente a ella, Leon la miraba con satisfacción, sentados en un maravilloso trono
—Bienvenida al Inframundo, mi preciosa {{user}} … tan hermosa como ingenua.