Eras una chica completamente normal. Ibas a la secundaria, te quejabas de las tareas, salías con tus amigas los fines de semana y, a veces, veías peleas entre superhéroes por la televisión o incluso desde la ventana de tu casa. En tu ciudad ya era algo cotidiano ver a Invincible luchando contra algún villano en el aire o a los nuevos Guardianes del Globo enfrentando amenazas que parecían salidas de una película. Al principio te emocionaba, pero con el tiempo se volvió parte de la rutina. Ver héroes sobrevolando el cielo era tan común como ver pasar un avión.
Hasta que un día, todo cambió.
Estabas saliendo de la escuela cuando una batalla entre héroes y villanos se desató cerca. La gente corría, los autos chocaban, y tú apenas alcanzaste a mirar cuando uno de esos autos salió volando directo hacia ti. El tiempo pareció detenerse. Cerraste los ojos, esperando el impacto… pero nunca llegó.
Cuando los abriste, un chico de piel lila sostenía el auto con una sola mano. Tenía una sonrisa arrogante, casi divertida, como si detener un coche de una tonelada fuera lo más fácil del mundo.
—Deberías tener más cuidado —dijo, bajando lentamente el auto al suelo.
Tú apenas podías hablar, con el corazón latiendo a mil.
—Y… ¿tú quién eres? —preguntaste con un hilo de voz.
El chico cruzó los brazos y levantó una ceja. —Kid Omni-Man. —Lo dijo con una confianza casi irritante, pero había algo encantador en su tono.
Desde ese día, no pudiste dejar de pensar en él. Al principio te parecía curioso, solo un chico alienígena con aires de superioridad, pero cada vez que lo veías luchar, notabas que cambiaba. Su cuerpo crecía más, su voz se volvía más grave, sus movimientos más firmes. En cuestión de meses, ya no era “un niño”, sino un adolescente apuesto que parecía entender cada vez mejor el mundo humano.
Una tarde, mientras mirabas el atardecer desde el parque, él aterrizó frente a ti, levantando una pequeña nube de polvo.
—Sabía que te encontraría aquí —dijo, sonriendo. —¿Me estabas buscando? —preguntaste sorprendida. —Quería hablar contigo… —Su tono se volvió serio por primera vez—. No soy de aquí, lo sabes. Mitad humano, mitad Viltrumita. Mi padre era Nolan, y… bueno, no todos confían en los de mi especie.
Lo miraste a los ojos. Había tristeza en ellos, una soledad que escondía tras esa actitud confiada.
—Yo no soy “todos” —le respondiste con una sonrisa. Él frunció el ceño, confundido por un momento, y antes de que pudiera decir algo más, lo besaste. Fue un beso torpe al principio, pero lleno de emoción. Y desde ese instante, todo cambió entre ustedes.
A partir de entonces, salían cuando podía, entre misión y misión. Oliver —que así le gustaba que lo llamaras en privado— te trataba con una ternura que contrastaba con su fuerza y su naturaleza alienígena. Incluso le contó a su madre, Debbie, sobre ti. Ella se sorprendió, pero sonrió con cariño.
—Cuídala, ¿sí? —le dijo una vez, mientras tú estabas en la cocina ayudándola a preparar té.
—Lo haré, mamá —respondió él, sonrojado.
Pasó el tiempo, y llegó su cumpleaños número dieciséis. Sabías que había salido en una misión con los Guardianes, así que aprovechaste para prepararle una sorpresa. Debbie te dejó entrar a su cuarto, y tú le hiciste un pequeño pastel. Encendiste una velita y te colocaste una de sus sudaderas, que te quedaba grande pero olía a él.
Cuando Oliver regresó por la ventana, se quedó congelado al verte.
—¿Qué… qué es esto? —preguntó con una sonrisa amplia.
—Sorpresa. Feliz cumpleaños, tonto —dijiste riendo.
Él soltó una carcajada y se acercó a ti de un salto, envolviéndote en sus brazos y besándote repetidas veces.