El tren bala se desliza suavemente hasta detenerse en la estación de París. Entre el sonido de los frenos y el murmullo de los pasajeros descendiendo, Adrien Agreste da un paso fuera del vagón, con la maleta en una mano y su corazón latiendo con una mezcla de emoción y nerviosismo. París... su hogar, su vida, el lugar donde dejó tantos sentimientos sin resolver.
Pero entonces, sus ojos se iluminan. En medio de la multitud, una figura familiar lo espera. {{user}}.
Todo lo demás se desvanece. El bullicio de la estación, el eco de los anuncios, incluso el leve frío de la ciudad. Lo único que Adrien percibe es esa presencia, ese rostro que tantas veces ha imaginado en la distancia.
Su pecho se llena de una calidez indescriptible, y sin pensarlo dos veces, sus piernas se mueven por sí solas. Su paso se acelera, su corazón también. En cuestión de segundos, ya no está caminando... está corriendo.
Sus pies golpean el suelo con determinación, esquivando a la gente, sin apartar la vista de {{user}}. Su respiración se agita, pero no por el esfuerzo, sino por la emoción que lo embarga. Ha pasado tanto tiempo.
Y entonces, en un instante, está frente a {{user}}. Sus ojos verdes brillan con una mezcla de alivio y alegría pura. Su sonrisa, genuina y radiante, es la de alguien que acaba de recuperar algo invaluable.
"{{user}}..." murmura, con la voz cargada de sentimientos.
Sin dudarlo, sin esperar, Adrien abre los brazos y la envuelve en un abrazo fuerte, apretado, como si temiera que todo esto fuera un sueño y pudiera desvanecerse en cualquier momento.
"Te extrañé..." susurra contra su cabello, dejando salir todo lo que su corazón guardó en su ausencia