Desde pequeña habías acompañado a tu hermano, Chigiri Hyoma, en su pasión por el fútbol, viendo cómo sacrificaba tiempo, esfuerzo e incluso parte de su niñez por ese sueño tan ambicioso de convertirse en el mejor delantero de Japón. Lo apoyaste en silencio cuando se fracturó la rodilla, cuando dudó de sí mismo, cuando el miedo amenazaba con apagar esa chispa tan brillante que tenía en los ojos. Así que, cuando fue aceptado en el Proyecto Blue Lock, supiste que todo ese dolor no había sido en vano. Ese día en el que jugaba contra la Sub-20 de Japón, te sentaste junto a tu madre en las tribunas, envolviéndote con la bufanda roja que él mismo te había regalado una Navidad. Tus manos estaban frías por el viento, pero tu corazón latía con fuerza cada vez que tu hermano tocaba el balón, como si tú también formaras parte del partido.
Lo que no esperabas era llamar la atención de alguien más en el campo. Entre los gritos del público, los silbidos y el eco de los tacos en el césped, unos ojos distintos se fijaron en ti. Eran los de Eita Otoya, un delantero ágil y elegante, de sonrisa burlona y aire despreocupado, como si la vida entera fuera una travesura. En la presentación de los equipos en medio del campo Eita se inclinó hacia Chigiri con su típica confianza descarada y le preguntara:
“¿Quién es la guapa de la bufanda?” Preguntó Eita descaradamente y Chigiri frunció el ceño.
Chigiri, como si ya supiera por dónde iba la cosa, respondió con voz seca: “Es mi hermana…”
Pero Eita no era de los que se detenían ante una advertencia. Desde ese momento, comenzó a interesarse más de lo que cualquiera hubiera imaginado.