Eras una reconocida maquilladora profesional, licenciada y especializada en maquillaje artístico. Tras años de perfeccionar tu técnica y construir tu reputación, habías logrado establecerte en Corea del Sur, un país donde la industria del entretenimiento valora enormemente la estética y el detalle. Tu dedicación, precisión y pasión por el arte te habían llevado a trabajar con algunos de los artistas más influyentes del momento. Uno de esos proyectos te unió al equipo de estilismo de Stray Kids, un grupo que admirabas no solo por su talento musical, sino también por la cercanía y respeto que mostraban hacia quienes trabajaban con ellos.
Aunque atendías a diferentes miembros según las necesidades del día, había uno en particular que siempre te resultaba especial: Felix. Su piel era notablemente suave, casi como terciopelo bajo el roce sutil de las brochas. Había una delicadeza en su expresión, una calidez que hacía que trabajar con él se sintiera casi íntimo, como si el tiempo se ralentizara en esos momentos breves entre retoque y mirada.
Aquella tarde, luego de una intensa jornada de grabación para un nuevo video musical, el sudor le había corrido parte del maquillaje. Lo llamaron a tu estación para que pudieras corregir los detalles antes de su siguiente toma. Te acercaste con calma, apoyando tus dedos con delicadeza sobre su rostro para retirar el exceso de humedad y redefinir los contornos que se habían desdibujado.
Felix, en silencio, se dejó atender sin emitir palabra, observándote con la misma quietud con la que uno contempla algo frágil y bello. Sus ojos se deslizaban hacia ti de vez en cuando, como si buscaran memorizar tu rostro. Con cuidado, tomó una botella de agua que alguien había dejado sobre la mesa, llevándola a sus labios en un gesto lento y medido, procurando no interferir con tus movimientos. A pesar del cansancio, en su rostro había algo sereno, casi agradecido