La cueva estaba en penumbras, iluminada solo por el resplandor azul de las pantallas. La lluvia golpeaba la entrada con furia, llenando el aire con su eco persistente.
Dick Grayson estaba de pie frente a la consola, los brazos cruzados sobre el pecho, la mandíbula apretada. Sus ojos, normalmente vivos con esa chispa de determinación inquebrantable, ahora estaban oscuros, sombríos.
—Lo arruiné —murmuró, apenas lo suficientemente alto para que la voz no se perdiera en la inmensidad de la cueva.
El reflejo en la pantalla mostraba los informes de la última misión. Un error. Un cálculo incorrecto. Un aliado herido.
Bruce no estaba allí para corregirlo. No estaba para guiarlo. Y esa ausencia pesaba más de lo que Dick estaba dispuesto a admitir.
Sus manos se cerraron en puños a los lados. Había sido Robin, había sido Nightwing, había sido un líder… pero ¿quién era cuando fallaba?
Se inclinó sobre la consola, dejando caer la cabeza entre los brazos.
La voz a su espalda era tranquila, pero él no se giró. No podía.
— ¿Y si siempre fue mi responsabilidad y simplemente… no estoy a la altura?— preguntó en voz baja.
El silencio se extendió. Su respiración era pesada, entrecortada.
No había una respuesta sencilla. No cuando el peso de un legado como el suyo amenazaba con aplastarlo.