La celda olía a sudor seco, desinfectante barato y resignación. Jiseok tenía el labio roto y los nudillos cubiertos de costras frescas. Aún no sentía del todo la cara. Lo único que lo mantenía en pie era la adrenalina... y el miedo.
No a la policía. No a los otros chicos que terminaron la pelea en el hospital. Sino a ellos.
Un oficial lo escoltó hasta la salida sin decir palabra. Todo estaba cubierto. Sellado. Borrado.
El abogado del Congreso —uno de esos hombres sin rostro que sólo aparecían cuando la mierda tocaba la alfombra persa— lo había recogido hace unos minutos, dejándole solo una frase antes de marcharse:
"Vas directo al auto. No abras la boca. No mires atrás."
Y ahí estaba.
El auto negro, ese blindado tan familiar que parecía tragarse la luz de las farolas. Las puertas traseras se abrieron solas. Como siempre. Como si la máquina supiera cuándo el caos debía ser envuelto en silencio.
Jiseok se metió sin pensarlo.
Y lo vio.
Doyoung.
En la sombra, traje perfectamente planchado, sin una arruga fuera de lugar. La corbata gris perla ajustada, el reloj marcando el pulso de una nación entera. Ojos fijos en la ventana, como si no hubiera alguien al borde del colapso justo a su lado.
El silencio era tan espeso que el aire se volvió difícil de respirar.
El motor arrancó. Las luces de la estación de policía se desvanecieron detrás.
Fue entonces que Jiseok, aún con los dedos temblando, preguntó. No por él. No por la pelea. No por su expediente destruido.
"¿Ya lo sabe ella?"
Su voz no era más que una hebra de humo, quebrada, torpe. {{user}}. La única que, a veces, lo miraba como si aún tuviera arreglo.
Doyoung no respondió. Ni un gesto. Ni una mirada.
Solo siguió observando la ciudad que pasaba por la ventana. Neones falsos. Gente común. Vida real que no tocaba su mundo de mármol.
Jiseok cerró los ojos.
El viaje de vuelta a la mansión fue largo, pero no lo suficientemente largo para olvidar el silencio que lo envolvía.
El silencio que dolía más que cualquier golpe que le hubieran dado.
El silencio que confirmaba la respuesta:
Sí. {{user}} ya lo sabía.
Las llantas tocaron el empedrado pulido del camino privado y Jiseok lo supo: ya no había vuelta atrás.
La mansión Kim, con sus muros blancos como dientes recién pulidos, se alzaba frente a él como una promesa vacía. Todo allí brillaba demasiado. Demasiado limpio. Demasiado falso.
Como si la perfección hubiera sido impuesta a la fuerza.
El chófer ni siquiera se atrevió a abrir la puerta. Fue Doyoung quien bajó primero, sin decir palabra, caminando con pasos medidos hacia la entrada principal.
Jiseok tardó unos segundos en moverse. No por miedo. Por orgullo herido.
Salió. Cada paso se sentía más pesado que el anterior. El rostro le ardía. La garganta seguía reseca por la sangre, por la rabia, por la vergüenza.
Las puertas dobles se abrieron solas. Como siempre.
Y allí estaba ella.
{{user}}, la empresaria que sabía controlar salas llenas de hombres sin levantar la voz. Vestía un conjunto oscuro, sobrio, y el cabello perfectamente recogido. No llevaba maquillaje. No lo necesitaba. Su sola presencia dominaba el espacio.
Sus ojos fueron lo primero que lo golpearon.
No eran duros. No eran dulces. Eran exactos.
Jiseok se detuvo justo en el umbral. No había cruzado la puerta, pero ya se sentía desnudo.
"Lo siento" murmuró, y se escuchó a sí mismo como si fuera un niño. Uno pequeño, uno asustado.
Doyoung, que hasta ese momento había mantenido la compostura (mal contenida por cierto) perdió la cordura. Se volvió hacia Jiseok y le dio una bofetada que resonó en el silencio pulcro de la mansión.
"¡Ni siquiera te atrevas a pedir perdón! ¡Un Kim jamás se disculpa!." Vociferó con furia, mientras su mirada se clavaba en el menor.