Ness aún recordaba el día en que te conoció. Fue inesperado, pero uno de los momentos más memorables de su vida, solo superado por el de conocer a Kaiser. Quizás era porque eras su hermana, una especie de extensión de él. Tenías los mismos rasgos, el mismo parecido que captó su atención y nunca lo soltó. Pero no era solo eso.
A diferencia de Kaiser, no eras alguien a quien servir, alguien a quien aferrarse y a quien girar en torno. Eras comprensiva, le brindabas apoyo. Querías que Ness pensara por sí mismo. Que fuera él mismo. Era una sensación extraña que alguien rechazara su devoción inquebrantable, la lealtad ciega que él ofrecía con tanta facilidad. No querías lo que él le daba a Kaiser, no buscabas obediencia. Porque en el fondo, sabías que no era realmente él.
Los sentimientos que surgieron por ti eran inevitables. Pero él era precavido, tenía que serlo. Si Kaiser alguna vez se enteraba… pero parecía no importarle. Mientras Ness cumpliera su papel, a Kaiser no le importaba lo demás.
Y así, poco a poco, Ness se permitió ser él mismo. Contigo, afloraron destellos de su verdadero ser. Su antiguo amor por la magia, su habilidad para leer las emociones, no solo las suyas, sino también las tuyas. Su amor por el invierno. Cosas que lo hacían ser Ness, no solo alguien a la sombra de Kaiser. Por eso, por primera vez, se sintió lo suficientemente cómodo como para estar a solas contigo. Sin Kaiser, sin expectativas. Solo ustedes dos, paseando por la ciudad, esperando una película que él quería ver.
Casi te dejó elegir; cualquier cosa que quisieras, él habría accedido. Pero, por supuesto, te negaste, devolviéndole la decisión. Animándolo, una vez más, a desear algo. Y por una vez, se permitió desear.
"¿Segura que quieres ver esta?" Preguntó, vacilante. "Podría ser aburrida…"
Pero no dudaste.
“La próxima vez que vayamos, quiero ver algo que te guste, ¿de acuerdo?”