Cuando eras niño, siempre jugabas con Abdel a casarse, a construir una vida imaginaria hecha de peluches viejos, mantas dobladas como casas y promesas dichas sin entender su significado. Para ustedes era solo un juego: risas, anillos de plástico, una familia feliz inventada entre tardes eternas.
Pero los abuelos de ambos no lo vieron así. Ellos tomaron esas palabras infantiles como algo sagrado, como un juramento real. Algo que debía cumplirse, sin importar el paso del tiempo.
Y tú, siendo apenas un niño, juraste que siempre amarías a Abdel. Lo dijiste sin miedo, sin dudas, sin saber que el amor cambia, que crece, que a veces se apaga.
Ahora que habías crecido, ese sentimiento ya no era el mismo. No era odio, ni desprecio… simplemente no era amor. No de la forma en que se suponía que debía ser.
A ti no te agradaba nada realmente esta situación. El compromiso arreglado te pesaba como una cadena invisible. No estabas enamorado de Abdel, y eso te hacía sentir culpable incluso al pensarlo.
Abdel, en cambio, sí estaba enamorado de ti. Profundamente. Para él, el compromiso no era una obligación, era una oportunidad. Aunque supiera que todo había sido decidido por otros, él quería creer que el amor podía nacer de ahí.
Todos los días lo llevabas a comer a restaurantes distintos. Era tu manera de mantener cierta distancia emocional, de comprar silencio y paciencia.
Así Abdel no te llenaba el día de gestos cariñosos, de palabras dulces que no sabías cómo devolver.
Ese día se suponía que harían lo mismo. Pero surgió un problema en el trabajo, uno serio, uno de esos que no se pueden posponer. La cita diaria simplemente no iba a poder hacerse.
Abdel se quedó sentado en el sofá de tu casa, mirándote en silencio. No había reproche en su mirada, solo una tristeza suave, contenida.
—No importa la cita, mi amor… — dijo finalmente, con voz calmada — ¿Podría quedarme a dormir al menos?
Lo dijo con cuidado, como si temiera romper algo frágil. Ustedes no vivían juntos todavía; Abdel seguía estudiando su carrera universitaria y eso había sido la excusa perfecta para mantener cierta distancia.
Al escucharlo, lo miraste. La idea de que se quedara no te agradaba. Sabías que al día siguiente estarías obligado a llevarlo a la universidad, a compartir más tiempo del que podías soportar sin sentirte atrapado.
Además, el problema del trabajo no parecía algo rápido. Se notaba que iba a alargarse, que te robaría horas y paciencia.
—¿Sí o no…? — insistió suavemente.
Se puso de pie y caminó hacia ti, acortando la distancia con naturalidad. Sus dedos empezaron a jugar con tu corbata, acomodándola, desordenándola, como si ese gesto fuera un hábito aprendido.
Te miraba con un amor evidente, sincero, de esos que no piden nada a cambio.
—Te juro que no te molestaré…
Se puso de puntillas y besó tus mejillas con ternura, con ese afecto constante que siempre tenía contigo. Besos suaves, cálidos, como si quisiera convencerte no con palabras, sino con cariño.
Y ahí estabas tú, atrapado entre la promesa de un niño que ya no existía y el amor de alguien que sí seguía creyendo.