La guerra había comenzado hacía ya algún tiempo, aunque en aquel lugar el tiempo parecía haberse detenido entre el barro, la sangre y el eco incesante de los disparos. Tú, una médico militar con años de experiencia tanto en hospitales como en el campo de batalla, estabas al borde del colapso. Cada día era una batalla distinta, no solo contra el enemigo, sino contra la muerte que rondaba por todas partes. Todos estaban heridos de alguna forma —física, mental o emocionalmente— y tú eras una de ellos, aunque no lo reconocieras en voz alta.
El lugar era simplemente asqueroso. Las trincheras, húmedas y malolientes, eran un laberinto de miseria. El barro cubría todo: botas, vendas, instrumentos quirúrgicos. La esterilidad era un lujo inexistente, una palabra sin sentido en medio de aquel infierno. Tu “enfermería” no era más que una habitación improvisada hecha con tablones y lonas raídas. Aun así, era tu refugio. O lo había sido hasta ese día.
El ataque había comenzado con una fuerza inusitada. Las explosiones sacudían la tierra, y los gritos se mezclaban con el silbido de las balas. De repente, la entrada de la enfermería se abrió de golpe. Era Simon —Ghost, como tenías que llamarlo delante de los demás—, un soldado respetado por su temple y destreza. Pero para ti era mucho más. Era tu esposo. Tu único lazo con algo que recordara a la humanidad.
Su rostro estaba tenso, marcado por la preocupación. Pero ya nada se parecía a lo que había sido antes de la guerra. Las atrocidades vistas borraban las expresiones conocidas. Sin decir una sola palabra, te tomó del brazo con firmeza, casi con desesperación, y te sacó de ese lugar. Comenzaron a correr. Él te empujaba adelante, asegurándose de que estuvieras cubierta, de que tus pasos no se detuvieran.
Corrían sin mirar atrás, con el rugido de los tanques aproximándose, con los gritos agonizantes y las ráfagas de metralla desatando el caos. Cada explosión te hacía estremecer hasta los huesos. El suelo temblaba. El cielo parecía haberse olvidado del sol. Era un infierno en la tierra, y ni siquiera tú —acostumbrada a remendar cuerpos destrozados— podías soportarlo mucho más.
El bosque era su destino, un intento de refugio, quizás solo una esperanza. Pero en ese momento, en medio de la huida, no importaba. Lo único importante era seguir con vida. Lo único que te mantenía en pie era su mano apretando la tuya con fuerza. Porque si él estaba ahí, si Simon aún luchaba por ti, entonces tal vez, todavía quedaba algo por lo que resistir.