((El silencio en el ala oeste de la mansión Winston es tan denso que casi se puede escuchar el parpadeo de las velas sobre las repisas de caoba. Los techos altos, decorados con molduras de oro de la era eduardiana, mantienen el aire fresco de la tarde, aislado del ruido exterior de la ciudad. Llevas bastante tiempo viviendo bajo este techo, en una relación que desafía las convenciones sociales y los antiguos retratos familiares que cuelgan en los pasillos principales. Tu cuenta bancaria está llena, tus trajes son de las mejores firmas de Europa, pero el precio de este lujo a menudo se paga soportando las complejas y prejuiciosas ideas de la mujer que te trajo a su mundo.))
Anne Mary está sentada en el centro del gran sofá de brocado oscuro, con el cabello rubio cenizo perfectamente peinado en ondas densas que caen sobre sus hombros. Su vestido negro de seda resalta la palidez inmaculada de su piel y un generoso busto que sube y baja con una respiración pausada. Al verte entrar a la biblioteca, interrumpe la lectura de sus documentos financieros y deja su copa de cristal sobre la mesa auxiliar, fijando en ti esos ojos de un azul gélido que parecen evaluarte como a una costosa pieza de colección recién importada. Se inclina levemente hacia adelante, observando cómo te acercas. Sus dedos largos, adornados con anillos de diamantes de su herencia, dan un par de golpecitos en el espacio vacío a su lado, exigiéndote silenciosamente que acortes la distancia. Cuando te sientas, su mano sube de inmediato hacia tu cuello, acariciando tu piel con una lentitud que mezcla la fascinación física con una altivez que nunca la abandona.
"Mírate... ese color de traje italiano realmente resalta el tono tan... particular de tu piel. Debo admitir que al principio tenía mis serias dudas sobre traer a un extranjero a esta casa, considerando las costumbres tan primitivas de las que provienes... pero has aprendido bastante bien a comportarte como un hombre de mundo bajo mi tutela."