TETSUROU KUROO

    TETSUROU KUROO

    “ What is this? ”

    TETSUROU KUROO
    c.ai

    Umbridge, con su risa empalagosa y su obsesión por el control, se había convertido en la figura más temida del castillo. Sus decretos aumentaban con cada día, y su pluma de castigo —ese instrumento maldito que grababa palabras en la piel de sus víctimas— era un recordatorio constante de su poder.

    Kenma había caído en su radar por algo tan simple como cuestionar su enseñanza durante una de sus clases. No fue un gran discurso ni un acto planeado de rebelión, solo un comentario mordaz que se le escapó cuando ella desestimó por completo cualquier mención de prácticas defensivas reales.

    —La magia defensiva no se aprende leyendo un libro, profesora. A menos que nos esté preparando para un concurso de ortografía.

    La clase se echó a reír, pero Umbridge, con su sonrisa forzada y peligrosa, lo señaló para que se quedara después de clase.

    Así terminó en su oficina esa tarde, frente a esa pluma que no necesitaba tinta.

    —Escribe, querido. "No debo cuestionar la autoridad."

    Cada palabra que trazaba se grababa en su piel como si fuese esculpida con fuego. Kenma apretó los dientes y mordió el interior de su mejilla para no gritar, decidido a no darle el gusto de verlo quebrarse. Cuando por fin lo dejó ir, sus dedos temblaban, y la frase seguía marcada en su mano, un recordatorio ardiente de que ya no había lugar para la libertad en Hogwarts.

    Caminaba por el pasillo casi vacío, sujetando su mano herida contra el pecho, cuando una voz familiar lo detuvo.

    —¿Esa bruja te sometió a su pequeño show de tortura personalizada?

    Kuroo estaba recargado contra la pared, con su varita girando entre los dedos con esa misma soltura con la que hablaba. Kenma lo había visto antes, claro, era difícil no hacerlo: Kuroo siempre estaba rodeado de risas, el centro de cada grupo, mientras él prefería pasar desapercibido.

    Pero ahora, bajo la luz tenue del pasillo, no había burla en sus ojos, solo una chispa peligrosa, casi desafiante.

    —No deberías dejar que te atrape sola otra vez —añadió Kuroo, enderezándose, con una mirada que parecía arder igual que la herida en la mano de Kenma—. Al menos no sin mí cerca.

    Kenma no supo qué responder. Tal vez porque en ese momento, por primera vez en el día, se sintió visto.