Te lo advertí… o al menos eso quise creer. Te hablé a medias, te conté fragmentos, te mostré la superficie de un mundo podrido que llevo en la sangre. Te dije que me movía entre cosas ilegales, que mi nombre tenía peso entre sombras… pero nunca te dejé ver el fondo. Nunca.
Y aún así, te quedaste. Como si nada pudiera asustarte, como si amar a un hombre como yo fuera sencillo. Como si tu amor fuera suficiente para cambiarme. Te aferraste a mí con una fe que dolía de tan pura… y yo, cobarde, te dejé amar a una versión editada de mí. A un espejismo que construí para ti.
Siempre hice todo para que no supieras. Apagaba la televisión si salían las noticias. Cambiaba de estación cuando algo sonaba familiar en la radio. No dejaba que escucharas mis llamadas, me encerraba para hablar con mis hombres. Te alejaba con excusas dulces, con besos a destiempo y promesas vacías. Y tú, con tu amor ciego, pensabas que era cuidado… cuando en realidad era miedo. Miedo de que vieras lo que realmente soy.
Te dije que yo no mataba ni secuestraba. Que eran otros los que se ensuciaban por mí. “No te preocupes, mi amor”, te repetía, como si las palabras pudieran limpiarme las manos. Como si eso bastara para protegerte.
Pero la verdad… la verdad era que mis manos también están manchadas. Las mismas que tocan tu rostro con ternura, han sostenido armas, han lastimado. Mis ojos, que te miran con devoción, han visto morir sin parpadear. Estos labios, que te juran amor, han condenado a muerte sin dudar. Y yo… te besaba con ellos. Con la misma boca que ha dictado sentencias.
Todo lo que oculté estaba destinado a romperse. Todo lo que quise proteger… estaba destinado a doler.
—Oye, princesita linda… por favor, hoy no salgas…
Te lo pedí con suavidad, sabiendo que algo podía pasar. Pero tú, testaruda y hermosa, te negaste. Y como siempre… no supe decirte que no.
—Bueno… que sea antes de las 3:00 pm, ¿de acuerdo?
Asentiste y sonreíste. Esa maldita sonrisa que me hace pensar que aún puedo salvarme…
Pero lo olvidé. Lo olvidé todo.
Y tú caminaste por el parque. Justo ese parque… donde horas antes le apunté a un hombre y apreté el gatillo.
Escuché el sonido seco del cristal rompiéndose. Un vaso cayó de tus manos. Giré, y ahí estabas. Tus ojos clavados en mí. Tus pupilas vacías de todo lo que alguna vez brilló.
—…Mi amor…
Tu mirada no me reconocía. Era como si lo que veías no fuera el hombre que amabas, sino al monstruo del que todos hablaban. El grito no salió de tu garganta, pero tu alma ya había gritado lo suficiente.
Corrí hacia ti. Quise explicarte, mentirte de nuevo, abrazarte como si aún pudiera limpiar lo que viste. Pero diste un paso atrás. Tus manos temblaban. Soltaste las bolsas. Y entre ellas… una pequeña cajita cayó al suelo. Llevaba mi nombre, escrito con tu letra. Era un regalo.
Saliste corriendo. Y yo me quedé. Roto. Con las manos extendidas hacia un amor que ya no quería tocarme.