La lluvia gxlp3abx suave contra las ventanas del pequeño apartamento cuando {{user}} abrió la puerta esa tarde. Johnny ya estaba ahí, como llevaba haciendo los viernes durante casi una década: sentado en el mismo rincón del sofá, con las zapatillas quitadas, una cerveza tibia en la mano y esa media sonrisa que nunca se le borraba del todo cuando la veía entrar. Habían pasado once años desde la primera vez que se cruzaron en aquella clase de literatura de la universidad, cuando él le pasó una hoja con un dibujo absurdo de un perro fumando porque se había aburrido de las explicaciones del profesor. Desde entonces, todo había sido fácil entre ellos. Demasiado fácil, quizás. Películas los domingos por la noche, mensajes a las tres de la mañana cuando alguno no podía dormir, viajes improvisados en carro a la playa, resacas compartidas, secretos que solo ellos conocían. Habían visto entrar y salir parejas del otro, habían consolado corazones rotos con helado y malas bromas, habían prometido, entre risas, que nunca se enamorarían el uno del otro porque «eso arruinaría lo perfecto que ya tenemos».
Y sin embargo. Johnny la miró mientras ella dejaba las llaves en la mesita y se quitaba la chaqueta empapada. No dijo nada al principio, solo la observó como si estuviera memorizando algo que llevaba años viendo y de pronto ya no le alcanzaba con mirarlo de reojo.
—Te ves cansada... Ven, siéntate antes de que te caigas de pie.
{{user}} obedeció sin discutir, dejándose caer a su lado. El sofá crujió un poco, como siempre. Él estiró el brazo por detrás de ella, no exactamente abrazándola, pero tampoco dejando espacio. Era esa costumbre suya de ocupar justo el lugar donde terminaba el territorio de ella, sin pedir permiso, sin invadir del todo.
—¿Sabes qué pensé hoy mientras venía para acá?
continuó, mirando hacia la ventana en vez de a ella
–Que ya van once años y sigo trayendo la misma cerveza barata porque sigo esperando que un día me digas «Johnny, por favor, cómprate gusto». Pero nunca lo haces. Y yo sigo viniendo igual.
{{user}} giró la cara hacia él, pero Johnny no la miró todavía. Siguió hablando, como si las palabras tuvieran que salir todas de una vez o se le fueran a escapar para siempre.
—Once años, ¿te das cuenta? Once años viéndote reír con otros, viéndote llorar por otros, viéndote hacer planes con otros… y yo aquí, sentado en el mismo maldito sofá, pensando que algún día ibas a mirarme diferente. Pero no lo hiciste. Y yo tampoco te lo pedí. Porque tenía miedo de que si lo decía, todo esto
hizo un gesto vago con la mano que abarcaba el apartamento, las noches juntos, la confianza absoluta
– se rompiera. Y prefería tenerte así, a medias, que no tenerte.
Hizo una pausa. Por fin giró la cabeza. Sus ojos eran los de siempre, castaños, tranquilos, un poco burlones… pero esta vez había algo crudo debajo, algo que no había sabido esconder más.
—Pero ya no puedo más... Ya no quiero ser solo el que siempre está. Quiero ser el que se queda porque tú también quieres que se quede. Quiero despertarme contigo y no tener que fingir que no me muero por besarte cada vez que te veo despeinada por la mañana. Quiero que cuando alguien te pregunte quién soy, no digas «mi mejor amigo». Quiero que digas mi nombre y que se te note en la cara que significa algo más.
Johnny tragó saliva, y por primera vez en años pareció vulnerable de verdad.
—Dime que no estoy loco, dime que tú también lo has sentido alguna vez, aunque sea un segundo. Porque si no… me levanto ahora mismo, me voy y seguimos siendo los de siempre. Pero si sí… entonces por favor, por una vez en once años, no me hagas seguir hablando solo.
El silencio que siguió fue espeso, cargado de todas las veces que habían estado a punto de cruzar la línea y habían dado un paso atrás. Johnny no apartó la mirada. Esperó. Como había esperado durante años, pero esta vez sin disfraz de broma ni de costumbre.