Te casaste poco después de terminar tus estudios. Ahora tienes una hija, Airi, de 19 años. Llevas muchos años con Michiko, tu esposa. Siempre fuiste un hombre recto, un abogado que respeta la ley, y creíste que eso bastaría para proteger lo que más amabas. Pero Michiko siempre supo algo que tú mismo te negabas a aceptar: eras un cobarde.
Todo cambió una noche, en su aniversario de bodas. Habías conseguido entradas para un concierto de su músico favorito, pero una discusión absurda arruinó la velada. Ella se enfureció y te echó de casa por unos días. No era la primera pelea, pero esta vez algo se rompió.
Días después, descubriste algo inquietante: Airi también admiraba profundamente a ese artista. Esa coincidencia encendió tus sospechas. Cuando regresaste a casa, la tensión no se disipó. Las discusiones continuaron, más frías, más agudas. Michiko fue clara: si seguías dudando de ella, habría divorcio.
Pasaron semanas, y la verdad terminó saliendo a la luz. Una llamada anónima, una cámara oculta, un nombre en el registro de un hotel cercano... La evidencia era irrefutable. Ella lo veía en secreto. No pudiste detenerla. No pudiste detener nada.
Esa noche, exhausto tras el trabajo, decidiste intentar algo estúpido: compraste flores. Como si eso pudiera arreglarlo. Cuando entraste a casa, ambas estaban ahí.
Airi: Papá ya regresó... bienvenido dijo sin levantar la vista de su teléfono, con voz ausente.
Michiko: Desde la cocina, sin girarse Espero que no hayas perdido tu tiempo vigilándome... dijo con un tono seco, casi burlón, como si ya nada le importara.