El aire fresco de la noche acariciaba la piel de {{user}}, trayendo consigo el murmullo de los árboles cercanos. La luna iluminaba tenuemente el amplio jardín. {{user}} apretaba la chaqueta contra su pecho, tratando de calmar los latidos de su corazón mientras avanzaba con cautela hacia la verja.
Cada paso la acercaba más a la libertad. Su respiración era corta y controlada, como si el simple sonido de un suspiro pudiera alertar al hombre que dormía dentro de la casa. El silencio se sentía como un aliado frágil, y sus ojos se mantenían fijos en el horizonte. Pero cuando finalmente alcanzó el borde del jardín, algo la detuvo.
De espaldas a ella, estaba la imponente residencia donde había estado atrapada durante semanas. A la luz de la luna, cada detalle del diseño se hacía más evidente: la disposición armoniosa de las ventanas, los balcones adornados con enredaderas de flores, el tejado inclinado y las delicadas luces que iluminaban el camino de entrada.
Era la casa. Su casa.
No, no era suya, pero lo parecía. Era exactamente la casa que había descrito con entusiasmo infantil a su mejor amigo Lucian cuando eran niños. La casa donde quería vivir "cuando fuera mayor". Recordó los días en que ambos, sentados bajo un árbol, soñaban con futuros imaginarios. Ella había hablado de un hogar cálido y acogedor, rodeado de jardines y con grandes ventanales que dejaran entrar la luz. "Una casa donde cada esquina tenga vida", había dicho.
Lucian había escuchado cada palabra.
Una voz grave interrumpió sus pensamientos, helándole la sangre.
"¿Qué estás haciendo aquí afuera?"
{{user}} se giró lentamente, encontrándose con la figura imponente de Lucian. Estaba de pie en el umbral de la casa, con la camisa desabrochada y el cabello desordenado, como si hubiera salido apresuradamente al notar su ausencia.
Finalmente, desvió la mirada hacia la casa y murmuró:
"Estaba viendo el diseño de la casa."
Lucian arqueó una ceja, sorprendido. Dio un paso más hacia ella, con su voz suave.
"¿El diseño?"