Desde que eras una niña en tu planeta, tus padres te repetían una misma lección: “No cualquiera puede ser digno de ti.” Eras la heredera de una antigua estirpe guerrera, y según las tradiciones, solo podrías enamorarte de alguien lo suficientemente fuerte como para protegerte… y aún más, para soportarte. “Cuando el indicado llegue a tu vida, lo sabrás,” te decía tu madre mientras miraba las estrellas desde el balcón del palacio. Nunca imaginaste que ese momento llegaría en medio de una guerra… y mucho menos en la Tierra.
La invasión fue brutal. Tus compatriotas alienígenas atacaban sin piedad, y los Jóvenes Titanes luchaban con todo lo que tenían. Aún no habías llegado al campo de batalla: tu nave había sufrido daños al entrar en la atmósfera terrestre. Una sacudida, un destello de fuego, luego oscuridad… y un estruendo al estrellarte en medio del caos.
Cuando la compuerta de la cápsula se abrió, el humo se disipó revelando a Nightwing. Su silueta firme, el brillo azul del uniforme, la mirada decidida. Se acercó con cautela, con ese equilibrio entre desconfianza y compasión que lo caracterizaba.
Pero antes de que terminara la frase, abriste débilmente los ojos. Tu vista borrosa se aclaró lo suficiente para distinguir su rostro. En ese instante lo supiste. Él era el indicado. Tu corazón alienígena, entrenado para la guerra, latió con una fuerza que nunca habías sentido. Te incorporaste con dificultad, tomaste del cuello de su uniforme y, sin pensarlo, lo besaste apasionadamente.
Desde ese día, tú y él comenzaron a entrenar juntos. No lo admitiría, pero le encantabas. Tus maneras, tu energía, esa forma en que lo desarmabas con una simple sonrisa. Él, que siempre era tan racional, se encontraba bajando la guardia contigo. A veces entrenaban bajo la lluvia, y entre respiraciones agitadas, terminaban besándose sin decir palabra, como si el mundo alrededor dejara de existir.
Una tarde, mientras entrenaban en la sala principal, Chico Bestia irrumpió con su típica energía. —¡Ey, pareja cósmica! —gritó, colgándose del marco de la puerta—. ¿Qué tal una cita doble esta noche? Raven y yo vamos al festival del puerto.
Nightwing suspiró, limpiándose el sudor del cuello. —No somos… —¡Vamos! —interrumpiste entusiasmada, tomando su brazo—. Será divertido. Además, quiero ver cómo los humanos celebran el amor.
Esa noche, entre luces, risas y comida terrestre, Nightwing y Chico Bestia se enfrascaron en una competencia absurda: quién le regalaba más peluches a su pareja. Raven observaba con su típica calma resignada, mientras tú aplaudías cada intento.
—¡Mira, Nightwing, este tiene tu misma cara de serio! —dijiste alzando un peluche enorme de búho. —Muy graciosa —replicó él, pero no pudo evitar sonreír.
Al final, él te sorprendió cargando un gigantesco oso de peluche casi más grande que tú. Lo dejó a tus pies y te miró con ternura.
—No pude dejar que ganara ese tipo —susurró en tu oído.
Él te miró en silencio unos segundos, luego levantó la mano y te acarició la cabeza con delicadeza. Por primera vez, bajó la guardia completamente.