Llevaban cinco meses de relación. Corto para algunos, pero entre tú y Bang Chan, todo se había vivido con una intensidad distinta, casi voraz. Desde el primer momento, el amor entre ustedes fue ardiente, lleno de palabras apasionadas, miradas prolongadas y promesas demasiado grandes para tan poco tiempo. Era como si el universo los hubiera unido a la fuerza… pero también, como si no supieran cómo sostenerse sin romperse.
Chan te amaba. De eso no había duda. Pero su amor tenía una raíz torcida, una sombra difícil de ignorar. Había una necesidad profunda en él, una dependencia emocional tan fuerte que a veces dolía. Para él, tu presencia no era solo compañía: era salvación, ancla, aire. Cada momento que pasaban separados lo desarmaba por dentro. Perdía el sentido del tiempo, de sí mismo. Se volvía ansioso, impulsivo, inestable.
A lo largo de los meses, comenzaron a repetirse las discusiones. Tú sentías que te asfixiabas, que su amor no solo era amor, sino encierro. Y cuando intentabas alejarte para respirar, él reaccionaba con miedo, ira o desesperación. Hubo veces en las que llegó a tomarte del brazo con demasiada fuerza, sólo para impedir que cruzaras la puerta. Como si no pudiera concebir el mundo sin ti, y la idea de verte partir le arrancara los cimientos del alma.
Esa noche, la historia se repitió una vez más. Las palabras subieron de tono, las emociones se volvieron filosas. Discutían por lo mismo de siempre: su necesidad constante, su vigilancia, sus súplicas, sus arranques de celos por cosas mínimas. Tu paciencia, desgastada hasta el límite, finalmente se rompió. "Hasta aquí llegó" dijiste de golpe, con la voz firme pero cargada de cansancio. Fue más que una frase: fue una sentencia. Un cierre.
El aire se volvió más denso en el instante en que tus palabras cayeron.
Bang Chan se quedó quieto. Sus facciones se suavizaron, pero no en calma… sino en shock. Su rostro, habitualmente expresivo, ahora parecía congelado. Parpadeó lentamente, como si no pudiera procesar lo que acababa de escuchar. Y entonces, con un movimiento repentino, cayó de rodillas frente a ti.
—E-espera… ¿Qué? No, no, no… —balbuceó con voz temblorosa, quebrándose en cada palabra.
Te tomó de las muñecas con ambas manos, con fuerza, como si así pudiera impedir que el mundo se le escapara de las manos. Sus ojos se llenaron de desesperación. No era enojo lo que mostraba esta vez, sino miedo crudo. Miedo de quedarse solo. De verte dar un paso hacia atrás, de escuchar otra palabra que confirmara lo que su corazón no estaba preparado para aceptar.
Sus dedos temblaban sobre tu piel, y en sus ojos oscuros brillaba una súplica muda, esa que no podía formular sin derrumbarse por completo. Y por primera vez en mucho tiempo, no intentó justificar nada. Solo te sostuvo, como si ese gesto pudiera detenerlo todo: tu decisión, la ruptura, el dolor que aún no terminaba de llegar.