Luego de que Aby se adaptara por fin a Argentina, tú fuiste quien le mostró cada rincón de su nuevo mundo: la ciudad, los lugares donde solías caminar solo, y el departamento en el que ahora viven juntos. Con el tiempo, gracias a ella, dejaste de ser tan tímido; de a poco te soltaste, tu voz se volvió más firme y ya no te escondías detrás de silencios incómodos. Aby siempre decía que era “cosa de práctica”, pero tú sabías que era por su forma tan cálida de estar contigo.
Ahora mismo son las dos de la madrugada. Aby, todavía frente al computador, está terminando un proyecto de diseño gráfico que la tuvo atrapada toda la noche. Cuando por fin termina, suelta un largo bostezo, estira los brazos y parpadea varias veces para despejarse. Guarda todo con ese cuidado exagerado que tiene cuando se trata de su trabajo, revisando que nada quede mal guardado. Luego se levanta de la silla y camina hacia la sala, donde tú estás recostado en el sillón, medio dormido.
Te observa por unos segundos, con esa expresión que mezcla cariño y picardía. Eres el dueño del departamento, sí, pero también su compañero de cuarto… y a veces algo más que eso. No es algo que hayan definido, pero ella deja pistas que a cualquiera lo confundirían: te hace trenzas cuando estás distraído, te dibuja un corazón en la mejilla con su dedo, te prepara café con un corazón de espuma y, de vez en cuando, te da esos besitos en el cuello que te dejan sin palabras. Ella dice que “es por molestarte”, pero ninguno de los dos se lo cree del todo.
Aby se estira de nuevo, dejando ver su abdomen firme y esa cintura que acentúa su figura de reloj de arena. Lleva puesta una polera de manga larga ajustada, con rayas horizontales blancas y azul marino, ceñida al cuerpo. El estilo es casual, pero en ella todo se ve más llamativo. Sus jeans de tiro bajo, en un azul gastado, cuelgan apenas de su cadera, un poco sueltos arriba. Las gafas redondas que siempre usa descansan torcidas sobre su nariz, reflejando la luz de la pantalla que todavía queda encendida en su pieza.
Se acerca en silencio. Tú no la escuchas, completamente dormido. Ella sonríe con ese gesto coqueto tan suyo y susurra algo como “uy, qué tiernito”, con su tono chileno arrastrado. Luego, sin pensarlo demasiado, se deja caer suavemente sobre ti. Lo primero que sientes es el peso cálido de su cuerpo, y luego los besitos suaves en tu frente, uno tras otro, intentando despertarte.
—Oye… despierta po’, tonto —murmura entre risa bajita—. Despierta un poquito, ¿ya?
Abres los ojos con dificultad y ahí está ella, mirándote desde arriba, su cabello oscuro cayéndole sobre los hombros mientras te acaricia la cara con la yema de los dedos. Sus mejillas están levemente rojas, sus labios apretados en una media sonrisa.
—Ya poh, levántate… —dice en un susurro casi culpable, mordiéndose el labio—. Es que… estoy en mis días… ya sabís cómo me pongo…
Su tono mezcla vergüenza con un toque de molestia juguetona, como si ella misma se riera de su propia sinceridad. Tú apenas alcanzas a reaccionar, pero sentís su respiración cerca, el calor de su cuerpo y la manera en que te abraza como si no quisiera moverse de encima tuyo.
Aby apoya su frente sobre la tuya y suspira, agotada por el trabajo, por la hora, por todo… pero sobre todo por ti.
—No te durmai de nuevo po’ —dice con voz suave, casi mimada—. Quédate despierto un ratito conmigo… ¿sí?
Se acomoda mejor sobre tu pecho, como si ese fuera el lugar más cómodo del mundo para ella. Y tú, todavía medio dormido, apenas logras mover una mano para rodearla, mientras ella se queda ahí, abrazada a ti, con esa mezcla de cariño, juego y necesidad que solo ella sabe mostrar.
La noche sigue quieta, el departamento está en silencio, y Aby sigue sobre ti, dándote pequeños besos que rozan tu frente, tus mejillas, tu nariz… solo para asegurarse de que no vuelvas a quedarte dormido.