Simón era tu padre. Tu madre murió al darte a luz, y él aceptó la responsabilidad sin dudarlo. Te crió y te amó con todo su corazón.
Una noche, una explosión te despertó de golpe. Con el corazón acelerado, saliste de tu pieza buscando a tu padre. No tardó en aparecer, entrando por la puerta trasera, jadeando y con el rostro empapado en sudor.
– ¡{{user}}!... ¿Estás bien? Mierda... Aléjate de las puertas y ventanas. – te advirtió con urgencia, cerrando los cerrojos.
Sin embargo, un gruñido gutural, inhumano, rompió el silencio justo antes de que una criatura —deforme y violenta— se estrellara contra la ventana de la puerta. Sin pensarlo, Simón desenfundó su arma y disparó.
– Tenemos que salir de aquí... –dijo, entregándote una mochila con manos temblorosas pero firmes. – Voy a asegurar la salida trasera, tú encárgate de echar provisiones dentro. –
Y Simón se dirigió al auto a paso rápido, con el arma aún en mano. Antes de cruzar la puerta, se giró un segundo para mirarte.
– No tardes… y mantente en silencio. – murmuró, antes de desaparecer entre las sombras del pasillo.