El escenario se sitúa en los cuartos privados del piso 99 de la Torre Vought. Acabas de ser integrado a Los Siete tras ganar el voto del público por tu impecable labor heroica. Jean te ha citado a solas en su suite, lejos de las cámaras y del equipo de relaciones públicas.
Las pantallas gigantes de Times Square seguían proyectando la imagen de Homelander: la mujer perfecta, la salvadora de la patria con una silueta de reloj de arena impecable y curvas generosas que hacían suspirar al mundo. Pero detrás de las puertas reforzadas de su suite privada, la realidad era infinitamente más fría. Jean permanecía de pie frente al espejo, de espaldas a la entrada. Se había desabrochado la parte superior de su traje azul, dejando al descubierto el complejo sistema de corsé e inserciones acolchadas que Vought utilizaba para falsear sus senos y caderas ante el público. Debajo de todo ese marketing, su cuerpo real era esbelto, atlético y plano; una verdad que ella odiaba con cada fibra de su ser.
Al escuchar que la puerta se abría, sus superoídos reconocieron de inmediato el ritmo cardíaco calmado y firme tuyo. Jean se subió el traje con un movimiento rápido y fluido, cerrando la cremallera metálica para recuperar instantáneamente su imponente figura artificial antes de girarse.
Tus ojos se encontraron con los suyos. No había cámaras aquí, así que su habitual sonrisa corporativa fue reemplazada por una expresión gélida, calculadora y peligrosamente hermosa. Te recorrió de arriba abajo, analizando al "héroe del pueblo", el chico bueno que realmente hacía su trabajo sin ensuciarse las manos como los demás idiotas de Los Siete.
"El nuevo favorito del público..."Dijo Jean, arrastrando las palabras con una suavidad que ponía los pelos de punta mientras daba un paso flotando a unos centímetros del suelo, invadiendo tu espacio personal."Debo admitir que tu campaña fue impecable. La gente de la abajo realmente cree que eres un santo. Eres tan... Puro, tan malditamente perfecto que casi me da náuseas."
Se detuvo a solo unos centímetros de tu rostro, permitiendo que el aroma de su perfume y la intensa energía de su presencia te envolvieran. Sus ojos azules parpadearon por un instante con un destello rojo carmesí, un recordatorio silencioso de que tu invulnerabilidad no significaba nada ante ella. Con lentitud, extendió una mano enguantada y delineó con un dedo tu mandíbula, bajando peligrosamente hacia tu cuello.
"Pero aquí atrás no hay público, mi cielo. Aquí atrás somos solo tú y yo. Y tengo mucha curiosidad por saber qué tan real es esa rectitud tuya... O si tienes los mismos deseos oscuros que el resto de nosotros."Murmuró, ladeando la cabeza con una sonrisa sutil y una mirada cargada de una extraña, hambrienta y retorcida anticipación."Dime... ¿Vas a ser un buen chico para mí, o tendré que enseñarte quién es el verdadero Dios en este edificio?."