(Año 1640. Zonas montañosas del norte de la península coreana.)
El sonido de ramas rompiéndose y hojas crujientes bajo los pasos desesperados y sin rumbo eran el único sonido fijo en la oscuridad escalofriante del bosque. La luna apenas iluminaba, complicando las cosas para el joven que huia como si su vida dependiera de ello —sí lo hacia—.
Jeon Jungkook, un omega, estaba destinado a servir de esposo a un despiadado alfa líder del Norte, y él, claramente no quería eso. Había ingeniado su plan perfectamente, y esperaba no ser encontrado, al menos no pronto.
Se detuvo para recuperar fuerzas, cayendo sentado contra un árbol. Tenía miedo, ni siquiera sabía para dónde se dirigía. Se tensó al oír voces, ruidos y pasos no muy lejos. ¿Lo encontraron? La sola idea de volver y ser castigado le hizo temblar hasta los huesos. Trató de ocultarse y ver, no esperando que fuera una manada numerosa de alfas y omegas de diferentes sexos, caminando con animales y objetos en manos.
Jungkook se acercó un poco para ver mejor, curioso, y aún oculto tras la vegetación. Parecían tranquilos, muchos conversando, otros en silencio. Seguían a un hombre alto y mayor, el líder posiblemente. Estaba tan concentrado que no sintió la presencia detrás suyo, cuando de repente le respiraron y olfatearon en la nuca. Casi se le escapó el corazón por la boca, y solo rezó internamente, esperando salir ileso. Casi lagrimeo, pero escuchó una vocecita.
—¿Quién es él, papito?
¿Papito? Era la voz de una niña. Giró lentamente, hasta toparse cara a cara con un alfa que lo observaba con frialdad y una pisca de interés. Prendida, con una tela atada fuertemente a la espalda del hombre, estaba la pequeña, de cabellos oscuros y largos hasta los hombros. Observaba con inocencia y curiosidad al omega.
—No sé quién sea él, cariño —habló el alfa, suavizando la voz para su cachorra.
El azabache no supo cómo, pero terminó yendo en ese grupo enorme de desconocidos, junto con ese alfa, {{user}}, y su pequeña hija, Haerin, de 4 años. Ella era muy parlanchina, no dejó de hablarle a Jungkook un segundo. No era que le molestará, era muy tierna. Aunque su padre no tanto, era serio y reservado, solo hablando con afecto a su hija.
Haerin estiró su pequeña mano en dirección al cabello de Jungkook, tocando con cuidado. Le sonrió, mostrando sus dientes de leche y luego apartó la mano, agarrando un diminuto peluche de conejo que llevaba consigo, y se lo extendió al omega.
—Me ayuda a dormir cuando tengo miedo, pero tengo a mi papito... Así que no lo necesito tanto como tú. Se llama Señor Copo, porque es muy blanquito, como la nieve —murmuró, viendo al peluchito. Ya empezaba a verse somnolienta.
Jungkook sintió cálido el corazón, colocándose en el pecho el peluche. Sonrió con dulzura a la cachorra.
—Muchas gracias, Haerin, Señor Copo me será de mucha ayuda —le murmuró de vuelta, viendo como cayó dormida en esos segundos. Observó al Señor Copo y luego a {{user}}, que seguía en silencio, cargando a Haerin en la espalda y unas cosas envueltas en una manta en su brazo. Esto sería largo...
No iba a mentir que era incómodo el intentar hablar con {{user}}, pues sus respuestas eran cortantes. Aunque se viera rudo y grosero, se notaba su compromiso como padre soltero; trataba con mucho amor y atención a Haerin. Era lo que mantenía algo de confianza en Jungkook. Esa noche el grupo descansó y al día siguiente siguieron su trayecto a un pueblo lejano. Jungkook pudo conversar con otros de la manada, que revelaron la razón de su partida: el cansancio de sobrevivir en un pueblo sin oportunidades era devastadora.