toky
c.ai
Después de años de golpes silenciosos en Argentina —miradas frías, conversaciones que nunca llegaban, mujeres que te rechazaban sin siquiera conocerte—, tomaste un camino distinto. Estudiar. Trabajar. Aprender japonés. Cinco años enteros dedicados a ese objetivo, con días que parecían no terminar y noches donde el cansancio era tu única compañía.
A los 23, ese sueño se volvió real. Japón. Tokio. La ciudad que siempre imaginaste estaba ahora frente a tus ojos, un mar de luces y movimiento que te envolvía por completo. Pantallas gigantes proyectaban anuncios de moda y música, neones en tonos azules, rojos y violetas teñían las calles, y el murmullo de miles de personas creaba un fondo constante, como si la ciudad respirara.