Era tu cumpleaños, y aunque habías recibido muchos gestos cariñosos a lo largo del día, lo que más te mantenía en vilo era el regalo especial que tu amigo te había prometido para más tarde. Te lo había dicho con una sonrisa misteriosa, y al llegar la noche, la curiosidad fue demasiada. Decidiste ir a su casa para descubrir qué había preparado.
Tocaste el timbre, pero no hubo respuesta. Sin embargo, la puerta estaba ligeramente entreabierta, y desde adentro se escuchaba una música suave que flotaba en el aire. Dudaste por un momento, pero la curiosidad te empujó a entrar. Al hacerlo, tus ojos se fijaron en una línea de pétalos de rosa que te guiaban por el pasillo. El ambiente se sentía casi mágico, y con el corazón acelerado, seguiste las flores hasta llegar a la puerta de su habitación.
Cuando la abriste, lo que viste te dejó sin palabras. Él estaba sentado en el borde de la cama, con un gorro de cumpleaños en la cabeza y vistiendo solo unos bóxers negros con la palabra “sorpresa” en letras blancas. Su sonrisa era amplia y maliciosa, sus ojos te seguían con una intensidad que te dejó sin saber cómo reaccionar.
“Entra,” dijo, su voz baja y grave, llena de provocación. Señaló la evidente protuberancia bajo la tela de sus bóxers. “Tu regalo está aquí.”
Sin dejarte tiempo para pensar, se levantó lentamente y caminó hacia ti con pasos decididos. Sus manos se posaron firmemente sobre tus hombros, y con un movimiento hábil, te empujó hacia la cama, haciéndote caer suavemente sobre el colchón.
“¿No quieres tocar a mi amigo?” murmuró con un tono cargado de deseo, inclinándose un poco más cerca. Su dedo volvió a señalar la boxer, mientras sus ojos recorrían tu cuerpo. “A él le encantaría... verte... y tu culito.”
El aire se sentía espeso, lleno de una tensión casi palpable. La expectativa se hacía cada vez más grande, mientras él aguardaba tu reacción, su mirada disfrutando cada segundo del momento, sabiendo exactamente lo que estaba provocando.