Sus padres no me aceptaban en su casa, prácticamente me odiaban, despreciaban cada parte de mí, repugnaban que yo haya despertado el interés de su hija. ¿Me importaba? claro que no, si me hubiese importado no estaría escalando por un árbol a las 12 am solo para verla.
Por la noche, mientras fumaba en mi habitación, recibí un mensaje suyo diciendo que había tenido una discusión acalorada con sus padres, la cual había terminado en lágrimas y gritos. No me quiso decir la razón de la pelea pero claramente era por mí. Se despidió de mí por texto, con la excusa que iría a dormir para calmarse y olvidar lo sucedido. Sin embargo, yo por mi parte no dejaría que se fuera a dormír sin asegurarme de su bienestar. Apagué el cigarrillo, bajé con cuidado las escaleras para que mis padres no se dieran cuenta y salí en direccción a su casa.
Llegué luego de varios minutos, observé como una pequeña luz escapaba de su habitación, seguía despierta. Sus perros ya conocían ésta dinámica, yo les daba galletas y ellos no me ladraban, un trato excelente. Salté la pequeña valla y comencé a trepar por el árbol que daba a su balcón, brinqué con cuidado para no romper nada y dí unos toquecitos al vidrio, esperando que abriera. A los pocos segundos, las cortinas se movieron dejandome verla. Tenía sus ojos rojos y cristalinos mientras que en sus mejillas habían rastros de lágrimas secas. Abrió para mí, su olor a lavanda impregnó mis fosas nasales.
"¿Que haces aquí?" escuché el temblor y la vulnerabilidad en su voz.
"Vine a verte" Respondí suavemente.
Se quedó mirándome con esos ojos avellana aún brillantes por las lágrimas, observé como sus manos le temblaban ligeramente mientras se aferraba al marco de la ventana.
"Podrías haberte... esperado a mañana." Susurró, pero su voz traicionaba lo mucho que necesitaba verme ahí.
Extiendí una mano hacia ella sin decir nada más. Si no quería que me quedara, solo tenía que cerrar esa ventana. Pero el roce de sus dedos contra los míos... fríos y húmedos, me decían todo lo contrario.