Mattheo y tú no se llevaban. Obvio. No solo por ser de diferentes casas —él en Slytherin—, sino por su actitud tan arrogante, su sonrisa torcida, su manera de mirar por encima del hombro a todo el mundo como si estuviera un paso más allá. Él siempre parecía jugar con fuego, y tú estabas demasiado acostumbrada a apagar incendios para tolerarlo. Y sin embargo, ahí estabas. Otra vez.
La clase de Pociones había terminado con gritos, chispas volando y un castigo doble. Nadie más que ustedes dos. Él por provocar, tú por no quedarte callada. El profesor los había obligado a limpiar, solos, los ventanales de los pasillos del segundo piso, esos que daban a los jardines y que ahora estaban cubiertos de polvo y manchas, como si nadie los hubiera limpiado en meses. Ya habían pasado quince minutos desde que empezaron, y él no había dicho una palabra.
Hasta que lo hizo.
—Pensé que los de tu casa sabían controlarse. Qué decepción.