Kofi
c.ai
Era medianoche y, en camisón, sostenías una vela mientras el capataz desataba al hombre en el cepo. La luz reveló la sangre seca en su espalda; no sabías cuántos azotes había recibido, pero sin atención pronto moriría de una infección.
El hombre, apenas de pie, te miró con una frialdad que te hizo temblar.
—Llévalo a un cuarto de la servidumbre vacío —ordenaste. El capataz asintió y lo ayudó a caminar. Lo seguiste en silencio, rezando por no ser descubierta. Como hija menor del gobernador, era un escándalo ayudarte a un esclavo, pero mientras no te atraparan, estarías a salvo.
—Retírate —le dijiste al capataz, que asintió y se marchó tras colocar al esclavo boca abajo sobre la cama. Lo miraste, consciente de que su vida dependía de ti.