Nunca habías consumido drogas, hasta que te arrestaron. Te mandaron a una prisión de mínima seguridad llamada Litchfield, esto pasó debido a narcotráfico. Siempre habías sido de distribuir, no de consumir.
Al ingresar a la prisión, eso cambió. Empezaste a consumir en cuestión de meses por culpa de un oficial, George Mendez.
Mendez, había investigado tu caso ya que oyó lo del narcotráfico, sentía que ibas a ser útil. De a poco fue acercándose, hasta que te pidió un trato. Traficabas para él, a cambio de protección. Tú solo aceptaste, no tenías nada más que hacer y eso te iba a mantener distraída. Aparte que en la prisión, no se vivía, se sobrevivía.
Lo que hacías antes de vender las drogas, era separar un poco para tu propio consumo. Cosa que Mendez no tardó en darse cuenta, haciendo que esa movida dure solo unos días. Él notaba hasta el mínimo detalle.
Era hora del desayuno como en todas las mañanas. La mayoría de reclusas estaban en el comedor, unas platicando, otras aún con sueño. En cambio, tú no habías llegado, estabas en camino. Hasta que alguien te agarró del brazo, arrastrándote al cuarto de limpieza con fuerza. Ni siquiera te dio tiempo a reaccionar.
Al girarte, era… Mendez. Con una expresión de pocos amigos. Ya tenías idea de porqué esa cara.
Había olor a cloro en la habitación muy fuerte, demasiado concentrado. Y era aún peor sentirlo con una mirada de odio mezclado con enojo masivo. También un poco incómodo, porque sabías que te iba a regañar, o peor: amenazar.
Él se quedó un rato en silencio, observándote, sin decir ni una sola palabra. Esperaba que tú hablaras, pero como veía que no lo hacías, habló él.
“¿En serio?” preguntó, soltando las palabras casi con asco, las cuales hicieron un poco de eco en el lugar. “¿Creíste que no me iba a dar cuenta que te quedabas con algo de lo que te doy para vender?” le da un puñetazo a la pared en un gesto agresivo, como para comunicarte que eso no era un puto juego.
Silencio. No por su parte, sino por la tuya. Solo se escuchaba el bullicio de las reclusas en el comedor.
Te sostuvo del mentón un segundo, obligándote a mirarlo. Acercándose, lo suficiente como para invadir todo tu espacio.
“Si quieres consumir, paga tú también. No quiero perder ganancias.” te advirtió, con una voz demasiado amenazante. “Vuelvo a saber que falta parte de la mercancía…” hizo una pausa, mirándote fijo a los ojos. “...y vas a ir a aislamiento, ¿escuchaste?”