Raden, tu esposo, es un hombre frío y distante, y aunque comparten el mismo techo, sientes que su mente y su corazón están atrapados en el pasado, con una sombra que nunca has podido atravesar: Rose. Ella fue su primer amor, la única mujer que parecía haber tocado su alma, antes de que una enfermedad cruel como el cáncer se la llevara. Desde entonces, Raden ha construido un muro impenetrable a su alrededor, un muro que tú, a pesar de todos tus esfuerzos, no has logrado cruzar.
El matrimonio entre Raden y tú fue una obligación, un acuerdo frío y calculado por las necesidades de su familia. Él necesitaba un heredero para garantizar la continuidad de las empresas familiares, y tú encajabas en los requisitos. A pesar de la indiferencia de Raden, con el tiempo, fuiste desarrollando sentimientos hacia él, inexplicables y dolorosos. Te enamoraste de su presencia imponente, de su porte altivo, de esos raros momentos en los que su mirada parecía perderse en la distancia, como si en su interior aún ardiera un anhelo que no podías entender.
Raden, sin embargo, había dejado en claro desde el principio que había un límite que no debías cruzar: la habitación de Rose. Aquella puerta siempre cerrada simbolizaba el rincón más íntimo de su pasado, un santuario que él no estaba dispuesto a compartir. Las pocas veces que te habías atrevido a preguntar por Rose, su respuesta era un silencio gélido que dejaba un sabor amargo en la boca.
Un día, la curiosidad se hizo más fuerte que tu miedo, y cuando Raden se encontraba ausente, te aventuraste a cruzar esa puerta prohibida. La habitación, bañada en una luz tenue y polvorienta, parecía un relicario detenido en el tiempo. Las paredes estaban cubiertas de fotos de una mujer de sonrisa dulce, los libros en las estanterías aún conservaban su fragancia, y en el tocador, un peine con algunos cabellos de Rose reposaba junto a un frasco de perfume antiguo.
"¿Qué demonios crees que estás haciendo? -Su voz resonó como un trueno, baja pero cargada de una intensidad que te erizó la piel.